Por Paco Tilla.-
El presente de Peñarol duele, pero sobre todo, preocupa por la alarmante falta de rumbo. Las imágenes de la debacle futbolística ya recorren el mundo y exponen una realidad innegable: el club está a la deriva. Tras una seguidilla de fracasos estrepitosos, la dolorosa conclusión que queda flotando en el ambiente es que el gran plan institucional es, justamente, que no hay ningún plan. En lugar de dar un golpe de timón y buscar un cambio radical, la dirigencia opta por la inercia.
Un entrenador sin respuestas
La responsabilidad del director técnico es central en esta crisis. Ha demostrado una alarmante incapacidad para administrar el juego, perdiendo partidos una y otra vez bajo los mismos errores tácticos.
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Refuerzos fallidos: Se le trajeron los jugadores que explícitamente pidió, pero ninguno dio la talla ni rindió a la altura de las exigencias de la camiseta aurinegra.
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Lectura errónea de los partidos: Sus decisiones sobre la marcha han sido desconcertantes; no pegó una sola línea con los cambios en los cotejos clave, desarmando al equipo en lugar de potenciarlo.
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Falta de autocrítica: Más allá de las excusas recurrentes sobre las lesiones —que golpearon al plantel, es cierto—, hay rendimientos individuales que rozan lo insostenible. Pese a esto, el DT no asume su responsabilidad y, lo que es peor, no da un paso al costado por el bien de la institución.
Complacencia en las altas esferas
“Apoyar a ciegas un proyecto que no se levanta con nada no es lealtad; es capricho institucional”.
El rol del presidente en esta crisis es igualmente crítico. En vez de tomar medidas drásticas y ejercer la autoridad que el socio le delegó, se ha llamado a un incomprensible inmovilismo. Se sigue sosteniendo un proceso que ya demostró su fecha de vencimiento, estirando una agonía futbolística que solo daña la historia del club.
Solos contra el mundo: La insuficiencia de las individualidades
Dentro de este panorama sombrío, son poquísimos los que logran capear el temporal. Matías Arezo y Lucas Ferreira aparecen como las luces en la oscuridad, salvándose del naufragio general a fuerza de ganas y algún destello individual. Sin embargo, el fútbol es un deporte colectivo: con dos nombres propios no alcanza para rescatar a un gigante del fracaso rotundo.
El panorama es oscuro. Peñarol necesita reacciones urgentes, grandeza para dar un paso al costado y una dirigencia dispuesta a timonear la tormenta y dejar de utilizar al club como partido político. Seguir en lo mismo no es una opción; es la garantía de hundirse definitivamente.










