Opinión: El abismo autoritario de Gustavo Petro al no reconocer el triunfo de Abelardo de la Espriella lo acerca a una dictadura

Petro adopta la intolerancia de un dictador que no quiere entregar el poder: "Me piden cosas que serían inconstitucionales como permanecer en el poder sabiendo que los que vienen no ganaron las elecciones. No lo haré porque el mandato popular que se me otorgó tiene un final y soy un demócrata y respeto la constitución que como M19 ayudamos a hacer. Es la constitución de la Paz"

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Gustavo Petro se acerca a una dictadura- Foto: Prensa presidencial

La máscara democrática de Gustavo Petro se ha caído por completo. Lo que durante años se camufló bajo el relato de la “progresividad” y la justicia social ha revelado su verdadera y más peligrosa naturaleza: el mesianismo autocrático. Al desconocer abiertamente el triunfo electoral de Abelardo de la Espriella, certificado de manera oficial por el Consejo Nacional Electoral (CNE), el exguerrillero que hoy ocupa la Casa de Nariño no solo desafía la ley; está dinamitando las bases de la República.

“El presidente de Colombia no reconoce la legitimidad del gobierno entrante. Abelardo no ganó las elecciones”, plasmó Petro esta mañana en sus redes sociales.

La frase no es un simple exabrupto de Twitter; es una declaración de intenciones. Es el manual clásico de la ultraizquierda latinoamericana: cuando las urnas no les dan la razón, la culpa es del “sistema”, del “fraude” o de conspiraciones invisibles. Petro, atrapado en su propio delirio ideológico, parece olvidar que llegó al poder gracias a las mismas instituciones y reglas de juego que hoy pretende pisotear.

El peligro de la narrativa del fraude

La negativa a reconocer la derrota sitúa a Colombia en un escenario sumamente peligroso. Al agitar el fantasma del fraude sin pruebas y en contra de la máxima autoridad electoral, el presidente busca tres objetivos claros:

Deslegitimar las instituciones: Minar la confianza pública en el CNE y en el sistema democrático para justificar medidas de excepción.
Movilizar a las masas: Calentar la calle y polarizar al país, utilizando a sus bases radicales como escudo contra la alternancia pacífica del poder.
Aferrarse al control: Sentar las bases para una permanencia forzada, rozando los linderos de un golpe de Estado blando.

El espejo dictatorial

La historia de la región es rica en estos tristes guiones. El camino hacia la dictadura siempre empieza por el desacato a la voluntad popular. El Petro civilizado, que juraba respetar la Constitución, ha dado paso al Petro radical, nostálgico del uniforme y el dogma, incapaz de asimilar que la mayoría de los colombianos eligió un rumbo distinto para el país.

Colombia no puede permitirse el lujo de la tibieza. La oposición, las Fuerzas Armadas, las cortes de justicia y la comunidad internacional deben encender las alarmas de inmediato. Desconocer el resultado de una elección legítima no es un acto de rebeldía política; es una afrenta directa a la libertad de una nación. Si Petro decide atrincherarse en el Palacio de Nariño desconociendo al gobierno entrante, la historia no lo recordará como un reformador, sino como lo que siempre se temió que fuera: un dictador en potencia dispuesto a quemar el país antes que entregar el poder.