La gran diferencia en el fútbol: ¿Camisetas con alma o peinados para la foto?

La Copa del Mundo desnudó una brecha insalvable entre dos formas drásticamente opuestas de entender el deporte más popular del planeta

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Por Raúl Vallarino.-

El último mundial de fútbol ha dejado suficiente tela para cortar, abriendo un debate profundo que va mucho más allá de la táctica o un resultado adverso. No es necesario dar nombres propios de jugadores ni de selecciones; el buen observador sabrá perfectamente a quiénes nos referimos. La verdadera competencia no solo se jugó en el césped, sino en la escala de valores que cada delegación llevó consigo.

La Copa del Mundo desnudó una brecha insalvable entre dos formas drásticamente opuestas de entender el deporte más popular del planeta.

El triunfo del colectivo: Sentir la camiseta

Por un lado, fuimos testigos de la pureza del fútbol en su máxima expresión. Hubo una selección en particular que logró conmover desde el minuto cero, mucho antes del pitazo inicial, con solo ver la emoción desbordante de sus jugadores al cantar el himno nacional.

En ese grupo de futbolistas se vio reflejado el verdadero espíritu de equipo:

  • Prioridad absoluta al conjunto: Las individualidades se diluyeron en favor de un bien mayor.

  • Entrega incondicional: Pelear cada pelota dividida como si fuera la última, dejando el alma en el barro de la cancha.

  • Humildad: El ego y las banalidades quedaron completamente relegados ante la necesidad y la ilusión del compañero.

La era del “coiffeur” y el vacío de las redes

La otra cara de la moneda fue, lamentablemente, un espectáculo penoso. Resulta incomprensible ver a supuestos atletas de élite solicitando urgente menos charlas técnicas a sus entrenadores y pidiendo bajar la intensidad de las exigencias en los entrenamientos. Con esa mentalidad del mínimo esfuerzo, los fracasos inmediatos no son una casualidad, sino una consecuencia lógica.

Mutila la ilusión de todo un país ver cómo, en pleno desarrollo de la competencia más importante de sus vidas, la prioridad de algunos jugadores pasa por mostrar en redes sociales al estilista de turno haciéndoles trencitas, mechitas o tiñéndoles el pelo de azul. Pareciera que el foco está puesto en convencer al algoritmo de que se ven “bonitos”, en lugar de convencer al rival en la cancha de que son superiores.

El veredicto de la cancha: El fútbol de elite y la histórica “garra” parecen estar perdiendo terreno frente a la tiranía de la imagen. Cuando el coiffeur, el posteo de Instagram y la estética personal importan más que el sudor y el compromiso táctico, el juego se vacía de contenido.

Afortunadamente, el fútbol sigue siendo sabio: premia a los que ponen el corazón y expone, tarde o temprano, a los que solo buscan el beneficio del destello superficial.