La delgada línea que separa la justicia de la persecución política parece haberse desvanecido por completo en Brasil. Las recientes decisiones del ministro del Supremo Tribunal Federal (STF), Alexandre de Moraes, no solo rozan lo absurdo, sino que consolidan un peligroso precedente donde un solo hombre actúa como investigador, acusador y verdugo de la oposición.
Un castigo desmedido a los lazos familiares
El último capítulo de esta cruzada judicial se dio tras la suspensión por 90 días de las visitas del senador Flávio Bolsonaro a su padre, el expresidente Jair Bolsonaro, quien se encuentra bajo arresto domiciliario humanitario. ¿La supuesta infracción? El senador publicó el pasado sábado 11 de julio en sus redes sociales una carta escrita por su progenitor en su favor.
Para el ministro Moraes, esta acción constituye un “abuso flagrante” y una violación a la prohibición que tiene el exmandatario de utilizar las redes sociales, argumentando que lo hizo a través de un intermediario. Amparándose de forma desproporcionada en el artículo 41 de la Ley de Ejecución Penal, Moraes cortó de tajo el contacto familiar directo entre padre e hijo durante tres meses.
“No cabe duda de que la conducta irregular de Flávio Nantes Bolsonaro ignoró una prohibición judicial expresa… lo que permite su suspensión inmediata”, sentenció el ministro en su fallo.
La indefensión ante el castigo preventivo
La respuesta de la defensa técnica de Jair Bolsonaro, presentada este miércoles 15 de julio ante el STF, desnuda la arbitrariedad de la medida. Los abogados argumentaron que el expresidente nunca supo ni coordinó la publicación de dicha carta por parte de su hijo.
Según la defensa, el exmandatario se ha mantenido fiel a las medidas cautelares y no dio ninguna instrucción para evadir las restricciones. Castigar a un recluso en arresto domiciliario por las acciones independientes de un tercero —incluso si es su propio hijo— viola el principio más básico del derecho penal: la personalidad de la pena (nadie debe ser sancionado por el hecho ajeno).
Doble rasero en la región: El espejo de Argentina
Para entender la magnitud del encono de Moraes con la familia Bolsonaro, basta con levantar la mirada y observar la región. En Argentina, por ejemplo, la justicia le permite a la expresidenta Cristina Fernández de Kirchner expresarse y escribir en redes sociales a pesar de sus procesos judiciales. En Brasil, sin embargo, la censura impuesta por el STF es inflexible, casi quirúrgica, diseñada para asfixiar la voz de un sector político entero.
El peligro del “Súper Juez”
La acumulación de poder en la figura de Alexandre de Moraes es una anomalía democrática. Cuando un magistrado concentra las facultades de ordenar investigaciones de oficio, instruirlas, dictar cautelares sin el debido proceso tradicional y aplicar castigos discrecionales, la seguridad jurídica se extingue.
Este encono manifiesto, advertido ya por numerosos analistas y expertos jurídicos, no debilita la figura de los Bolsonaro; por el contrario, victimiza a la oposición y expone el rostro más autoritario y arbitrario de una corte que debería ser la guardiana de la Constitución, no el brazo ejecutor de una facción política.













