Por Raúl Vallarino.-
El fútbol, en su esencia más pura, siempre ha sido un juego de contactos, estrategia y temperamento. Sin embargo, para ciertos sectores de la prensa deportiva española, parece que las reglas cambian según el color de la camiseta. La última oleada de indignación mediática en España ha estallado tras conocerse que Ismail Elfath —el colegiado estadounidense atrapado en el ojo del huracán tras el polémico duelo entre ‘la Roja’ y Uruguay en la fase de grupos del Mundial 2026— ha sido designado para dirigir la semifinal entre Inglaterra y Argentina.
La narrativa de la catástrofe no tardó en activarse: titulares catastróficos que hablan del “árbitro que desquició a España” y una repentina obsesión por denunciar el supuesto “juego violento” charrúa. Pero tras este manto de aparente justicia arbitral, se esconde una amnesia selectiva y bastante miserable.
El propio Baena desdice el relato oficial de su país
Resulta llamativo cómo los grandes altavoces de la península ibérica han decidido pasar de puntillas por la jugada que realmente marcó el termómetro del partido. Corría el minuto 46 cuando el mediocampista español Álex Baena cometió una durísima infracción sobre el uruguayo Agustín Canobbio. La acción, que apenas fue castigada con una tarjeta amarilla, desató un tenso cruce en el campo y encendió las alarmas de la delegación celeste.
Lo irónico del asunto es que el propio implicado terminó de un plumazo con la campaña de victimización. En declaraciones posteriores para los micrófonos de Teledeporte, Baena se mostró sumamente honesto y lejano a la hipocresía de los redactores de su país:
“Fui fuerte abajo, llegué tarde y la verdad es que la tarjeta amarilla está bien mostrada. En un Mundial te estás jugando la vida en cada pelota. Es normal que Agustín (Canobbio) se haya calentado en el momento por la fricción del cruce, pero son cosas que quedan en el campo. No creo que haya que calificar a Uruguay de equipo violento; ellos compiten al límite, igual que nosotros. No hay que buscar fantasmas donde no los hay”.
Mientras el futbolista asumía con madurez la intensidad del fútbol de élite y desmitificaba el supuesto “atropello” uruguayo, la maquinaria mediática madrileña prefirió ignorar sus palabras para no arruinar su narrativa de “España víctima de la agresividad sudamericana”.
La vieja guardia y el show del puritanismo
El verdadero espectáculo, no obstante, se mudó de los estadios a los estudios de radio y los portales digitales. La “vieja guardia” del periodismo deportivo español, capitaneada por figuras como el sexagenario Manolo Lama (Cadena COPE) —quien demuestra partido a partido que de la táctica contemporánea y de la verdadera esencia del fútbol entiende más bien poco—, lideró la ofensiva. A él se sumaron opinólogos de la factoría del clic rápido y el sensacionalismo barato, como Kike Sáez desde OKDIARIO.
Esta alianza mediática salió en masa y con una liviandad absoluta a cuestionar la acción que derivó en la posterior expulsión de Agustín Canobbio. Se rasgaron las vestiduras en directo, hablaron de “violencia” con una gravedad casi cómica y montaron un show de puritanismo indigno de profesionales que llevan décadas pisando las salas de prensa de todo el mundo.
La desconexión del análisis real
Lo que este sector del periodismo parece no entender —o prefiere ignorar para alimentar el rating— es que el fútbol de alto nivel exige rigor analítico, no rabietas chovinistas. Juzgar el desempeño de Uruguay bajo el único prisma del “reparto de golpes” es vaciar de contenido un planteamiento táctico que superó las carencias conceptuales de la selección española.
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El relato oficial: Uruguay como el villano violento del grupo que “se salvó” por el arbitraje.
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La realidad de Baena: Admisión de su propia brusquedad y respeto por un rival que compite al mismo nivel físico que ellos.
Creerse los dueños absolutos de la verdad es una enfermedad peligrosa en el periodismo español. Al final del día, Ismail Elfath pitará una semifinal del mundo, el torneo seguirá su curso y a este lado del Atlántico quedará en evidencia que, cuando el fútbol no les da la razón, a algunos solo les queda el recurso del llanto, el teatro y la censura de sus propios protagonistas.










