El fenómeno de la obsecuencia política en América Latina ha alcanzado ribetes que desafían la lógica más elemental y se adentran directamente en la psicología de masas. El llamado Síndrome de Estocolmo —esa extraña condición donde la víctima termina desarrollando un vínculo afectivo y de complicidad con su captor— parece haber encontrado su máxima expresión institucional en los acólitos de Cristina Fernández de Kirchner. Solo así se explica la reciente protesta exigiendo la libertad de una figura que, según lo dictaminado por la Justicia, no es una perseguida política, sino la responsable directa del desvalijamiento de las arcas públicas.
Es un espectáculo dantesco: ciudadanos, donde varios están sumidos en la pobreza, marchando para defender la impunidad de una elite que se enriqueció a costa de su propio futuro. Mientras la Argentina real se debate entre índices de miseria alarmantes y millones de personas desplazadas del sistema productivo, el kirchnerismo residual se moviliza por la única causa que verdaderamente les importa: blindar judicialmente a su jefa.
Cristina Fernández de Kirchner no es una víctima. Es, por el contrario, la victimaria sin escrúpulos de un país al que arrasó sin miramientos durante su paso por el poder. El relato de la “proscripción” y el “lawfare” se desmorona ante el peso abrumador de los expedientes. Hoy cumple prisión domiciliaria por la causa Vialidad, pero ese es solo el primer eslabón de una larga cadena de impunidad que empieza a romperse. En el horizonte inmediato asoman el caso de los Cuadernos de las Coimas —donde está imputada como jefa de una asociación ilícita—, la causa Hotesur-Los Sauces por lavado de activos, y la traición geopolítica que significó el Pacto con Irán. Son hechos probados, auditorías y testimonios que inevitablemente ampliarán los años de condena de una mujer que protagonizó el raid delictivo más severo de la historia democrática argentina.
En una muestra más de este cinismo dinástico, su hijo Máximo Kirchner —quien también camina por los pasillos de los tribunales investigado por corrupción— encabezó la protesta para exigir la liberación de la reclusa. Con una audacia alarmante, declaró ante la militancia que “solo ella puede encabezar la oposición”.
El drama no es que un heredero del poder intente salvar su patrimonio y su apellido; el verdadero drama social radica en las mentes que no razonan, en aquellos que eligen aplaudir a la delincuente. Es una paradoja trágica: los damnificados directos del saqueo convertidos en el escudo humano de sus saqueadores.
Mientras los aplausos resuenan en las calles de la militancia rentada o fanatizada, en la intimidad de su reclusión, la jefa del clan seguramente sonría con desdén. Sabe, mejor que nadie, que la obsecuencia de sus seguidores es el triunfo definitivo de su matriz política: haber logrado que los mismos a los que dejó en la miseria, salgan a la calle a defender los millones que les robó.










