Por Paco Tilla.-
A Rosalía sólo le creen los adoctrinados. La cantante española parece haber cambiado la autenticidad artística por una cadena ininterrumpida de tropiezos mediáticos y oportunismo político. Tras su tibio y poco creíble descargo por haber compartido un video de Mia Khalifa burlándose de la derrota de Argentina ante España en la final del Mundial 2026, la autora de Motomami intentó reparar el daño calificando lo sucedido de un simple “error”. Sin embargo, lejos de actuar con prudencia, volvió a desatar la indignación al transformar su espectáculo musical en una tribuna ideológica.
Desde el escenario, la intérprete se sumó con entusiasmo desmedido al reclamo contra la modificación de la ley de tierras en Argentina, incitando al público y sobreactuando una causa local sin notar un detalle fundamental: dicha norma ya fue retirada por el gobierno de Javier Milei y no tendrá andamiento. Esta puesta en escena no representó más que un acompañamiento servil a la protesta de su amiga Lali Espósito, figura plenamente identificada con el ultrakirchnerismo que hoy alza la voz de forma vehemente, pero que guardó un silencio ignominioso cuando la gestión de Alberto Fernández y Cristina Kirchner finalizó dejando a 19,5 millones de personas en la pobreza —un 41,7% de la población, según los datos oficiales del INDEC para el segundo semestre de aquel mandato—.
Este activismo de utilería, selectivo e informado a medias, expone una profunda falta de sustancia tras las proclamas del escenario.
Rosalía pretende captar aplausos fáciles subiéndose a consignas ajenas, demostrando una desconexión preocupante con la realidad del país que la recibe. Como resumió de forma tajante un internauta en redes sociales, la marcha reciente de la artista recuerda al viejo refrán popular del pato: a cada paso, una cagada.










