Resulta de un cinismo alarmante observar cómo el presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, se muestra profundamente vulnerado ante las descalificaciones verbales de su homólogo argentino, Javier Milei, mientras que, al mismo tiempo, no teme pisotear la memoria histórica y la dignidad del pueblo paraguayo. La reciente decisión del gobierno de Santiago Peña de convocar al embajador brasileño en Asunción, tras las abruptas y ofensivas declaraciones de Lula sobre la Guerra de la Triple Alianza, expone no solo una crisis diplomática evitable, sino también una preocupante y miserable bajeza intelectual por parte del mandatario brasileño.
El detonante de este repudio generalizado en Paraguay fue la burda simplificación de Lula al afirmar textualmente: “No olvidemos que, un buen día, Paraguay decidió invadir Brasil”. Esta frase, cargada de ignorancia o malicia voluntaria, pretende reducir el conflicto más sangriento de la historia sudamericana a un capricho expansionista y ciego de Asunción. Con esto, Lula no solo agravia al Paraguay actual y a las víctimas de una guerra que diezmó a su población, sino que también insulta la historia de Uruguay, omitiendo deliberadamente que fue el propio Imperio del Brasil el que rompió la paz regional al invadir territorio uruguayo para derrocar al gobierno constitucional del Partido Blanco.
La verdad histórica desmiente de forma tajante el relato de ocasión que Lula intenta imponer. Para el entonces presidente paraguayo, Francisco Solano López, la agresión brasileña en el Uruguay no era un hecho aislado ni ajeno; representaba la ruptura flagrante del equilibrio geopolítico en la cuenca del Río de la Plata y una amenaza existencial directa a la soberanía e independencia de su propia nación. El legítimo temor a quedar aislado y a merced del expansionismo imperial brasileño forzó la reacción de Paraguay, que tras rechazar la intervención en el Estado Oriental, capturó un buque mercante brasileño en noviembre de 1864 e inició las acciones militares en Mato Grosso.
De igual forma, la implicación de Argentina en el conflicto desbarata la narrativa simplista del mandatario brasileño. Las tropas paraguayas avanzaron sobre Corrientes únicamente después de que el gobierno de Bartolomé Mitre le negara a Paraguay el permiso de tránsito para defender al gobierno uruguayo de las fuerzas brasileñas, una negativa sesgada que sirvió en bandeja el pretexto para sellar la nefasta Triple Alianza.
Que un líder que aspira a la hegemonía regional recurra a semejantes tergiversaciones para acomodar sus discursos políticos es inadmisible. La historia no es un lienzo en blanco que los jefes de Estado puedan reescribir a conveniencia para camuflar el pasado imperialista de sus naciones o para posar de víctimas en el escenario contemporáneo. Cuando la mentira y el desvarío histórico se convierten en la retórica oficial de un presidente, solo queda al descubierto su incapacidad para liderar desde la verdad, el respeto mutuo y la memoria compartida de los pueblos hermanos de la región.













