Por Paco Tilla.-
Que Juan Carlos López Mena salga a dar cátedra sobre “respetar la legalidad” causa tanta gracia como ternura. Ver al dueño de Buquebus rasgarse las vestiduras por el cumplimiento de las normas es como nombrar al zorro director de seguridad del gallinero: te firma el protocolo de custodia con una mano y con la otra se está comiendo hasta la última pluma.
El veterano empresario presentó un recurso de revocación ante el Ministerio de Transporte y Obras Públicas (MTOP) exigiendo anular la resolución del 30 de julio que autorizó a Colonia Express a operar la ruta fluvial entre Montevideo y Buenos Aires. El texto expone variados argumentos para sostener que la capital no soporta a dos operadores simultáneos y se desvive por remarcar la “inferioridad” de la flota rival frente a sus naves de última generación. Todo un despliegue de preocupación republicana que, curiosamente, coincide al cien por ciento con su pánico a perder el monopolio del que goza en el puerto montevideano.
Que este paladín de las reglas pretenda indicarle al gobierno uruguayo cómo hacer negocios requiere un ejercicio urgente de memoria. Hay que tener un tupé formidable —o una amnesia sumamente conveniente— para hablar de legalidad habiendo protagonizado el bochorno del “caballero de la derecha”. Aquella farsa en la subasta de los aviones de Pluna, articulada a través de una empresa española sin un peso y respaldada por un aval trucho, terminó en los tribunales y con altos funcionarios imputados.
Pero no hay que asombrarse: hablamos de un auténtico trotamundos del fiasco comercial. Sus aventuras navieras en Nueva Zelanda, Estados Unidos y España concluyeron en históricas derrotas empresariales. Con semejante currículum de fracasos internacionales, resulta francamente conmovedor que este magnate de cabotaje pretenda erigirse hoy en el tutor moral y económico del Estado uruguayo.
A López Mena también le molesta la categoría de la embarcación con la que Colonia Express pretende competir. ¡Qué rápido olvida sus orígenes! Conviene recordarle a este empresario de 85 años la época en que pretendía destronar a los tradicionales vapores de la carrera a bordo del desvencijado Juan Patricio. Aquella reliquia flotante no tenía camarotes para cubrir una travesía nocturna de 9 o 10 horas, obligando a los sufridos pasajeros a viajar sentados en una pesadilla interminable, mientras los barcos rivales ofrecían cabinas con cama y baño privado. En aquel entonces, los horarios se coordinaban y la convivencia era posible porque era él quien buscaba abrirse paso.
A la memoria de López Mena le están jugando una pésima pasada los años. O quizás no sea la edad, sino simplemente que para él la “legalidad” y el “libre mercado” solo existen cuando el negocio es exclusivamente suyo.












