Por Paco Tilla.-
Patxi López, incombustible fósil del escalafón socialista y portavoz del PSOE, ha vuelto a demostrar que la democracia le parece un sistema impecable… siempre y cuando el resultado coincida punto por punto con sus preferencias de despacho. A sus venerables décadas de permanencia ininterrumpida sobre la moqueta pública, el veterano dirigente ha montado en drama tras los recientes comicios en Sajonia-Anhalt.
«Hoy es un día triste para Europa. 80 años después, una fuerza abiertamente nazi ha ganado las elecciones […] Este hecho nos encomienda a los socialistas una misión: ser su freno», proclamó López con la solemnidad de quien acaba de descubrir que el electorado tiene la molesta costumbre de votar lo que le da la gana.
Al inamovible diputado se le ha traspapelado un detalle básico de la teoría política elemental: las papeletas no las depositaron extraterrestres ni llegaron en un envío de mensajería, sino que salieron de las manos de ciudadanos alemanes en pleno uso de sus facultades democráticas. Con su habitual ligereza para repartir carnés de legitimidad republicana, López parece confundir la soberanía popular con un trámite administrativo que requiere el visto bueno previo de Ferraz.
Resulta irónico que un auténtico superviviente de la era cenozoica del bipartidismo, atornillado a la nómina estatal desde tiempos inmemoriales, considere que la misión del socialismo es «frenar» el veredicto de las urnas cuando el resultado le escatima el aplauso. Toda una lección de pluralismo e higiene democrática impartida por el tiranosaurio más abnegado del Congreso.













