El discurso de la portavoz adjunta de Sumar, la ultraizquierdista Aina Vidal, en la tribuna del Congreso español no fue solo un ejercicio de demagogia, sino una muestra contundente de cinismo político. Al reducir la grave crisis fronteriza en Ceuta a una caricatura sentimental, la diputada recurrió a una retórica paternalista para eludir la responsabilidad del Ejecutivo y negar, de forma flagrante, la angustia y el desamparo que vive la población ceutí.
Sostener que la única realidad en la frontera “son niños indefensos con un flotador y llorando” constituye una distorsión deliberada de los hechos. Utilizar la figura del menor como escudo moralista desarma el debate parlamentario e invisibiliza el impacto real sobre los habitantes de la ciudad autónoma. Mientras Vidal alecciona sobre empatía desde la distancia institucional, obvia la alteración del orden público, el desbordamiento de los servicios públicos y la inseguridad que sufren los propios ciudadanos y menores de Ceuta en su día a día.
Lo más alarmante de su intervención es la omisión consciente de la gravedad geopolítica del asunto: se ha comprobado que la propia inteligencia marroquí orquestó y dio vía libre a esta acción masiva hacia la frontera, instrumentalizando a miles de personas como medida de presión contra España. Ocultar que detrás de estos flujos existe una estrategia deliberadamente coordinada por un país vecino no es pacifismo ni solidaridad; es una ceguera voluntaria que intenta camuflar un desafío a la soberanía nacional bajo el disfraz del discurso humanitario.
Resulta profundamente ostentoso señalar a la oposición y acusar de falta de solidaridad a las comunidades autónomas mientras se elude cualquier exigencia de firmeza ante Marruecos. Reducir una maniobra de presión fronteriza a una mera obligación de “acoger y proteger” sin control, análisis de perfiles ni criterios de seguridad es una irresponsabilidad que roza la negligencia institucional.
Pero Aina Vidal, no habló de los derechos de los niños y las niñas de Ceuta que viven el terror de su ciudad invadida, de las violaciones a menores, de los ataques a las fuerzas del orden y mintió descaradamente, porque hoy en Ceuta hay migrantes peligrosos incluso delincuentes que fueron expulsados de España y regresaron a la fuerza. Nada dijo de que se ha comprobado que la inteligencia marroquí coordinó la invasión y que todo fue un ataque premeditado.
Sabe Vidal que esos niños marroquíes llegaron guiados por mayores, no fueron por decisión espontánea propia. Todo estaba programado desde Marruecos y nos quiere hacer creer que esas mentes infantiles conspiraron para asaltar Ceuta.
Ni ella lo cree, en su delirio solo defiende lo indefendible y no menciona las palabras de un mayor marroquí que ha declarado en los medios españoles: “Qué es normal que violen a niñas” y culpa a los padres por soltar a sus hijas en Ceuta.
El cinismo de Sumar es impresentable. Negar la realidad, minimizar los riesgos para las fuerzas de seguridad y dar la espalda al pueblo ceutí bajo el pretexto de una supuesta superioridad moral no resuelve el problema. Ceuta no necesita consignas ideológicas ni discursos que maquillen la verdad. Exige fronteras seguras, firmeza diplomática frente a las manipulaciones de la inteligencia extranjera y un Estado que proteja sin ambigüedades la soberanía y la tranquilidad de sus ciudadanos.













