La reciente solicitud de firmas impulsada por Colonia Express en la plataforma Change.org para habilitar la ruta directa entre Montevideo y Buenos Aires no es un simple episodio de rivalidad empresarial: es el síntoma de un sistema de transporte fluvial asfixiado por la falta de competencia. Ante una propuesta que promete diversificar la oferta, mejorar los precios y beneficiar directamente a los usuarios, la respuesta de Buquebus y su titular, Juan Carlos López Mena, ha sido tan predecible como inaceptable: la negativa rotunda escudada en pretextos sin fundamento.
La naviera dominante alega que la terminal portuaria montevideana no cuenta con la infraestructura necesaria para que operen dos empresas en simultáneo. Sin embargo, la historia del puerto desmiente categóricamente esta versión. En ese mismo muelle, años atrás, operaban tres compañías en perfecta convivencia: el Ciudad de Mar del Plata II de Tamul S.A., el Ciudad de Paraná de Ferrylíneas y el propio Juan Patricio de Buquebus —aquel buque vetusto e incómodo que convertía las 9 o 10 horas de travesía nocturna en un auténtico calvario para los pasajeros sentados.
En aquel entonces, la dinámica era simple: organización y coordinación de horarios. Las navieras alternaban días, y una vez que un barco desembarcaba pasajeros y automóviles, se desplazaba unos metros para permitir la operativa del siguiente. Si funcionó en el pasado con embarcaciones de gran calado, resulta absurdo sostener que hoy es técnicamente imposible. El verdadero obstáculo nunca ha sido la capacidad física del puerto, sino la histórica aversión de López Mena a competir en igualdad de condiciones.
Hoy solo se requiere voluntad organizativa para fijar turnos y horarios que permitan trabajar a ambas empresas. La Administración Nacional de Puertos (ANP) y el Ministerio de Transporte y Obras Públicas (MTOP) no pueden seguir actuando como espectadores pasivos. El puerto de Montevideo es un activo estatal estratégico, no una concesión exclusiva ni la propiedad privada de un grupo económico.
Permitir la entrada de un nuevo operador es una medida urgente en favor de los viajeros, quienes merecen tarifas más acordes, mejor servicio y la libertad de elegir cómo cruzar el charco. Mirar hacia otro lado en este escenario no es neutralidad: es fomentar y consolidar un monopolio que ya no se justifica bajo ningún concepto.
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