Donald, Delcy y Diosdado, extraños compañeros de cama

Amores de conveniencia

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Por Eltar Ado. –

Quién diría que la diplomacia de alto nivel terminaría pareciéndose tanto a una telenovela de trasnoche, donde el odio visceral de ayer se convierte en el tórrido romance del presente. Bastaron apenas unos meses para que la furibunda retórica antiimperialista se esfumara por la canaleta del pragmatismo. Los mismos voceros de siempre —Delcy, su hermano Jorge y el incombustible Diosdado— pasaron de gritar con las venas del cuello a punto de estallar contra los abusos del “imperio voraz” a perfumar las sábanas para un romance desenfrenado. Al final, todo se explica con la simple matemática del interés: la ideología es barata, pero el poder es caro.

En el otro extremo del lecho está el galán en decadencia, Donald, a quien la democracia en Venezuela le importa exactamente lo mismo que la paz mundial en un concurso de belleza. Lo suyo es el petróleo, líquido y abundante, y por unos cuantos millones de barriles es capaz de desplegar las artes de un seductor de pacotilla. Verlo cortejar a Delcy Eloína es presenciar un verdadero milagro de la cosmetología geopolítica: en cuestión de semanas, el adefesio del régimen sufrió una metamorfosis al estilo **Betty la Fea**, pasando de aborrecible batracio a una criatura llena de insospechados encantos.

“¡Mujer maravillosa!”, suspira el galancete deteriorado, mirando fijamente la recaudación en billetes verdes sin que se le mueva un solo pelo ante la figura del batracio que corteja. Qué importa la estética, qué importan los derechos humanos o las viejas rencillas cuando la caja registradora no para de sonar al ritmo del crudo venezolano.

Por su parte, la bancada bolivariana tampoco tiene el estómago para ponerse exquisita. Delcy, Jorgito y Diosdado, aterrados ante la sola idea de compartir el trágico destino de Maduro, han descubierto que la supervivencia disuelve cualquier escrúpulo. Antes en el olvido o en una celda que fuera del banquete, los tres camaradas han decidido abrir los brazos y las cobijas al magnate. Al fin y al cabo, el cálculo es tan cínico como sencillo: **donde duermen tres, bien pueden dormir cuatro**, especialmente si el cuarto invitado viene dispuesto a tolerar el sainete a cambio de llenar los tanques.