España asiste a un espectáculo institucional desolador donde la inacción y el cálculo político desplazan por completo la responsabilidad de Estado. La gestión de la crisis en Ceuta ha dejado al descubierto la fragilidad de un Gobierno sin rumbo, encabezado por un presidente que prefirió alargar el descanso estival mientras una frontera clave de la Unión Europea se desbordaba en una de las situaciones de mayor gravedad de los últimos años. El contraste entre la urgencia en la frontera y la imagen de un jefe del Ejecutivo ausente, que reaparece bronceado y desconectado de la realidad, no es un simple descuido estético: es el reflejo de una profunda indolencia política.
Los compromisos de este Ejecutivo duran lo que tarda en caducar un titular. Pedro Sánchez prometió solemnemente al presidente ceutí, Juan Vivas, que el ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska, se mantendría sobre el terreno de forma permanente hasta “normalizar” la situación. La realidad volvió a desmentir la palabra empeñada: Marlaska abandonó la ciudad autónoma apenas 24 horas después, dejando a las autoridades locales y a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad desbordados frente a una presión insostenible.
La respuesta posterior no ha sido más diligente, sino más personalista. La reaccionaria convocatoria del Consejo de Seguridad Nacional llega tarde y mal, respondiendo antes a un intento de control de daños que a una estrategia seria de seguridad nacional. Pero lo verdaderamente sintomático del estilo de gobierno de Sánchez es la exclusión deliberada del Rey Felipe VI de dicho órgano. Pese a que la normativa permite expresamente la presencia del Monarca —quien, en tal caso, presidiría la reunión—, el Ejecutivo ha preferido vetar a la Jefatura del Estado. Quien no estuvo cuando la crisis requería liderazgo rápido y firme, reaparece ahora para vetar al Rey y garantizarse el monopolio del foco mediático.
Un país no se gobierna a golpe de oportunismo ni con compromisos de 24 horas. Cuando la integridad territorial y la estabilidad de una frontera nacional están en juego, el liderazgo exige firmeza, lealtad institucional y sentido de Estado, tres virtudes desmanteladas por la gestión de Pedro Sánchez.
Hoy, España, tiene un gobierno que se cae a pedazos.













