Por Paco Tilla.-
En lo que podría clasificarse como el gesto diplomático más insólito y socarrón del año, el presidente argentino Javier Milei ha decidido extender sus más sinceras condolencias preventivas a los ciudadanos de la República Oriental del Uruguay. ¿El motivo? Las recientes declaraciones del relator Víctor Hugo Morales, quien tras manifestar abiertamente que “odia” con alma y vida la gestión libertaria, insinuó sus intenciones de armar las valijas, cruzar el Río de la Plata y reinstalarse en su tierra natal. Entre risas e ironía, el mandatario argentino lanzó un tajante “pido perdón, hermanos”, como quien le devuelve un paquete defectuoso al vecino sin la menor intención de aceptar reembolsos.
La respuesta desde la orilla oriental no se hizo esperar y encendió de inmediato las secciones de comentarios en los principales periódicos montevideanos. Con un clamor masivo y unánime, los lectores uruguayos han sido lapidarios en sus respuestas: “¡Por favor, quédense con él!” es el ruego colectivo que inunda los portales digitales. Nadie parece entusiasmado con la idea de recibir con los brazos abiertos al periodista que protagonizó una de las metamorfosis ideológicas más acrobáticas de la historia rioplatense.
Para la memoria colectiva charrúa, el archivo es implacable y no perdona. Muchos recuerdan aún aquellos años en los que un joven Víctor Hugo cultivaba estrechas simpatías en los cuarteles montevideanos durante el gobierno militar, compartiendo partidos de fútbol y básquetbol en las instalaciones castrenses. Todavía circula en las redes el célebre video de una fiesta de despedida donde el locutor le recita con devoción sentimental a un militar los versos de Alberto Cortez: “cuando un amigo se va queda un espacio vacío que no lo puede llenar la llegada de otro amigo”.
Sin embargo, tras afincarse en Buenos Aires, el relato sufrió un giro copernicano. Morales mutó en el más acérrimo escudero del kirchnerismo, aplaudiendo la narrativa que terminó empobreciendo a millones de argentinos. Su entusiasmo militante traspasó fronteras cuando se convirtió en defensor incondicional del régimen chavista en Venezuela, trabajando en programas de la televisión estatal, validando sin pestañear los resultados oficiales proclamados por Nicolás Maduro y tildando de irrelevantes las denuncias de la oposición.
Ante semejante historial de piruetas ideológicas y entusiasmo por defender lo indefendible, el veredicto del público uruguayo es tajante: el espacio vacío que dejaría en Argentina es un lujo que Montevideo prefiere no llenar.













