Con más de cuatro décadas atornillado a las estructuras del Estado argentino, Miguel Ángel Pichetto sintetiza las mañas de un estilo político completamente perimido. A sus 75 años, el dirigente septuagenario no solo carga con la etiqueta de “veleta política” por su asombrosa capacidad para acomodar el cuerpo según sople el viento del poder, sino que encaja de manera literal en la definición que el Diccionario de la Real Academia Española otorga a la palabra tránsfuga: aquella persona que huye de un lugar a otro, o bien alguien que abandona una organización política, social o empresarial para pasarse a otra contraria.
Su extensa trayectoria no es el reflejo de una renovación ideológica, sino de un afán ininterrumpido por seguir viviendo de los cargos públicos. Su recorrido por las arcas estatales comenzó en 1983, cuando obtuvo su primer cargo público como concejal en Sierra Grande. Tras dos años, reemplazó a Beluz González como intendente hasta 1987. Entre 1988 y 1993 se desempeñó como legislador provincial por Río Negro. Por esa misma provincia fue congresal del Partido Justicialista desde 1983 hasta 1991, año en el que fue elegido para presidir la estructura partidaria provincial hasta 1995, iniciando así un largo dominio en el peronismo parlamentario.
Sin embargo, las lealtades formales duran lo que tarda en aparecer una mejor oportunidad electoral. El 11 de junio de 2019 dio un salto acrobático de bando político al ser confirmado como candidato a vicepresidente de Mauricio Macri para competir en las elecciones presidenciales de ese año, razón por la cual renunció a la jefatura del bloque del PJ en la Cámara de Senadores.
En aquel entonces, convertido en la espada más filosa del anti-kirchnerismo, endureció sus críticas contra Cristina Fernández de Kirchner: afirmaba que la expresidenta no tenía intenciones de dialogar ni colaborar con el país, que no creía en la gobernabilidad ni en los acuerdos democráticos y que apostaba a que la economía y la situación social se incendiaran para especular políticamente, asegurando que para el espacio kirchnerista “si todo se puede incendiar más, es mucho mejor para su proceso político”.
Pero la memoria en la política de la conveniencia suele ser sumamente frágil. Hoy, como un panqueque que se dio vuelta en el aire, olvidó sus propios discursos y decidió reunirse con la condenada Cristina Kirchner.
En un acto de contorsionismo ideológico, sumó su reclamo al grito de “Cristina libre”, pasando por alto los delitos de corrupción comprobados en la Justicia. Cuestionó abiertamente el fallo de la Corte Suprema que confirmó la condena y detención domiciliaria de la expresidenta, llegó a sostener que “el Congreso no puede quedarse de brazos cruzados” y adelantó la disparatada posibilidad de que el Poder Legislativo intervenga para “declarar la nulidad de un fallo viciado”.
Esta zaga de metamorfosis exhibe a un dirigente sin brújula ética, incapaz de dejar la política activa e incurriendo en un accionar obsecuente con tal de garantizar su continuidad en los despachos del Estado. Lejos de prestigiar su figura, esta desesperación por mantenerse vigente solo lo hunde en el barro del descrédito frente a una sociedad donde, a esta altura, ya muy pocos le creen.













