Por Elsa Pito.-
Que nadie se llame a engaño: lo de Donald Trump no es una apasionada historia de amor hacia Delcy, sino un vulgar y descarnado enamoramiento por el petróleo. Mientras la cacatúa chavista insiste a los cuatro vientos en que es la consentida y preferida de Trump, la realidad es bastante más viscosa. Ella, que acostumbra gastar verdaderas fortunas en refinados perfumes importados, ha decidido bañarse directamente en oro negro, convencida de que ese aroma denso a barril recién refinado es el verdadero elixir que seduce al amo del norte.
En sus delirios de grandeza diplomática, ya se imagina paseando del brazo del magnate por la Quinta Avenida, desplazando a Melania sin contemplaciones del corazón de su jefe estadounidense. Lo que ignora en su fantasía es que Trump, que de engaños, fachadas y negocios turbios sabe un rato largo, solo ve en Delcy Eloína a una mucama todo uso: una pieza útil que no duda en arrodillarse en cuanto el patrón da la orden.
Sometida y humillada, pero insosteniblemente romántica en su servilismo, se entrega complacida a los caprichos del jefe mientras entona entusiasmada los versos del famoso vals, soñando con que el insensato millonario ceda al fin y la haga suya:
«Vamos amarraditos los dos, espumas y terciopelo, yo con un recrujir de almidón y tú, serio y altanero. La gente nos mira con envidia por la calle, murmuran los vecinos, los amigos y el alcalde. Dicen que no se estila ya más ni mi peinetón, ni mi pasador…»
Lástima que para la diplomacia del petróleo no basten los valses ni la cursilería de cafetín: por más barriles de crudo con los que intente perfumarse, está claro que el magnate no tiene el estómago suficiente para tragarse semejante esperpento.










