La ingeniera del hormigón

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Por Micaela Dotta.-

Hay personalidades políticas que generan consenso. Hay otras que generan
polémica. Y hay una tercera categoría, más rara y más fascinante, que genera obras
públicas cuyo costo nadie termina de saber con exactitud pero que, invariablemente,
triplica cualquier estimación inicial.

Carolina Cosse pertenece a esa tercera categoría. Con matrícula y todo.

La historia comienza en 2014, cuando Cosse presidía Antel y tuvo una idea. Una
gran idea, como todas sus ideas. Construir el Antel Arena, un recinto multipropósito
en el predio del ex Cilindro Municipal. El costo anunciado: USD 40 millones.

Redondo, optimista, tranquilizador. El costo final, según la auditoría de la firma
Ecovis: USD 118 millones. Tres veces más que lo previsto. Cuando le preguntaron al
respecto, Cosse declaró ante el fiscal que no recuerda haber visto informes sobre el
presupuesto, pero que “debe estar”. Admirable respuesta para quien presidía la
empresa que lo construía. En cualquier otro rubro eso se llama renuncia. En la
política uruguaya se llama precandidatura presidencial.

La Junta de Transparencia y Ética Pública fue más explícita que la protagonista:
determinó que Antel violentó los principios de probidad, transparencia, eficiencia y
legalidad. Que se declaró “infundadamente confidencial” la información más esencial
de la construcción. Y que “no resulta difícil calificar negativamente el proceder de la
Administración en cuanto al manejo de los recursos públicos.” La causa penal fue
archivada en 2024 — el fiscal no halló delito. Lo que sí hallaron la JUTEP, el
Tribunal de Cuentas y dos auditorías independientes fue una gestión que hizo del
presupuesto público un ejercicio de improvisación creativa. Que no sea delito no
significa que sea buena administración. Significa que el umbral está muy alto o que
el cajón está muy lleno.

Acto segundo: la Intendencia de Montevideo. Cosse asumió en noviembre de 2020
con el ímpetu de quien no viene a administrar sino a transformar. La transformación
fue efectiva: cuando su sucesor Mario Bergara asumió, los jerarcas de la nueva
administración no escondían su malestar por la herencia recibida, que los obligaba a
promover medidas de austeridad. Bergara — del mismo partido, del mismo
gobierno, de la misma coalición — tuvo que salir a ordenar la casa sin poder decir en
voz alta quién la había desordenado. La elegancia partidaria tiene sus costos. La
Intendencia cerró 2024 con un déficit de USD 82 millones, multiplicando por ocho el
del año anterior. Cosse explicó que había sido víctima de un “ahogamiento
financiero” del gobierno nacional. La propia directora de Recursos Financieros de la
gestión siguiente desmintió el argumento: las transferencias del gobierno nacional
explican apenas el 2,6% del déficit. El 97,4% restante queda, como el presupuesto
del Antel Arena, en la categoría de cosas que “deben estar” en algún cajón que
nadie encontró.

Hoy Cosse es vicepresidente de la República. Nuevo cargo, mismas energías,
idéntico entusiasmo constructor. Acaba de presentar un proyecto de reforma del
entorno del Palacio Legislativo que incluye un nuevo edificio anexo de 2.600 metros
cuadrados, reconfiguración del tránsito en tres avenidas, espacios peatonales, un
hogar estudiantil y — detalle de autor — un CAIF. Cosse se dijo sorprendida por la
“explosión mediática” que generó la iniciativa, aclarando que es apenas un borrador.

Un borrador que, recordemos, en su vocabulario técnico es el documento que
precede al presupuesto que nadie va a ver pero que “debe estar.”

El dato que merece una pausa: la administración anterior destinó USD 40 millones
para el centenario del Palacio Legislativo. De esos, USD 30 millones fueron
devueltos a Rentas Generales. Quedan USD 10 millones para financiar un proyecto
con edificios nuevos, reconfiguración vial y equipamiento social. Quienes recuerden
los USD 40 millones iniciales del Antel Arena quizás prefieran sentarse antes de ver
el número final. O directamente no levantarse.

Hay políticos que dejan monumentos. Otros dejan discursos. Carolina Cosse parece
haber encontrado una categoría propia: obras cuyo presupuesto inicial funciona
apenas como ficción introductoria.

Con ella, los números nunca terminan donde empiezan. Evolucionan. Se expanden.
Maduran espiritualmente.

Primero aparece el render. Después el entusiasmo. Luego el comunicado. Más tarde
el “borrador”. Y finalmente, cuando ya nadie recuerda la cifra original, aparece el
costo verdadero como aparece la humedad en Montevideo: lentamente, por todas
partes y demasiado tarde.

Lo admirable no es el hormigón. Es la consistencia narrativa.

Porque después de tantos años, el patrón ya no parece una excepción
administrativa.

Parece un estilo arquitectónico