En el complejo ajedrez de la política internacional y nacional, se espera que un Jefe de Estado posea, al menos, un sentido básico de la proporción y la investidura. Sin embargo, el presidente Gustavo Petro parece haber canjeado la agenda de país por el dardo venenoso de la trivialidad. Su reciente e innecesaria arremetida contra el icónico verso de Shakira —«las mujeres ya no lloran, las mujeres facturan»— no es solo un error táctico; es el síntoma de una presidencia que, en su ocaso, ha perdido tanto el rumbo como la altura moral.
La insinuación como ofensa
Al afirmar de forma incisiva que «el cuerpo no se vende» como respuesta al empoderamiento económico de la artista, Petro no solo malinterpreta un fenómeno cultural; lanza una sombra de sospecha machista sobre la independencia femenina. Insinuar que el éxito financiero de una mujer está ligado a la mercantilización de su cuerpo es una falta de respeto que trasciende a Shakira y golpea a millones de mujeres que ven en la autonomía financiera una ruta de escape ante la opresión.
De presidente a «Chismosa de Barrio»
Es penoso observar cómo quien debería estar concentrado en la seguridad jurídica, la reactivación económica o la paz total, prefiere descender al barro de la polémica de farándula. Petro se ha puesto a la altura de una chismosa de barrio, utilizando el púlpito presidencial para ventilar prejuicios personales y ataques gratuitos.
Este hp tonto creyó que cuando Shakira dijo que las mujeres facturan se refería a la prostitución. Qué mente tan hueca y perversa la de esta criatura! pic.twitter.com/3ZxAwg0IoP
— Abuelo Emberracado (@criticolombia3) April 14, 2026
La presidencia no es un foro para el despecho ideológico ni para la crítica de canciones de pop; es el cargo de mayor responsabilidad de la nación.
Un liderazgo en deuda
Cuando el país exige soluciones, el presidente entrega indirectas. Ser hombre —y sobre todo, ser un hombre de Estado— implica saber cuándo el silencio es más digno que la palabra vacía. Aplicar la caballerosidad y el respeto por el éxito ajeno parece ser una asignatura pendiente en la vida del mandatario colombiano.
Estamos ante un personaje pobre en ejecutorias y rico en controversias estériles. Esta magra presidencia, que prometía un cambio histórico, se está diluyendo entre trinos reactivos y una incapacidad crónica para ignorar el brillo de quienes, a diferencia de su gobierno, sí saben lo que es generar resultados y orgullo para el país.
Si el presidente insiste en ver ataques personales en las letras de las canciones, es quizás porque en el espejo de su gestión ya no encuentra nada más que el reflejo de un liderazgo que se apaga.













