
Pasan muchas cosas por mi cabeza mientras acumulo un montón de imágenes que con seguridad serán como fotos color sepia en la memoria, el día en que sentado en esa silla aun no construida, me mantendrá cómodamente apoltronado en una esquina de la casa cuando sea anciano y ya no me sea posible andar y sólo me sea permitido hojear en ese libro donde he ido atesorando momentos como estos.
Los hombres, cuando hemos acumulado algunas décadas, logramos ser felices o tristes, sentirnos solos o en compañía, de acuerdo a lo que hayamos logrado coleccionar en ese libro de la memoria ubicado en algún escaparate del corazón. De la forma en como nos hayamos esmerado en ir acopiando fotografías de los buenos momentos vividos, de la manera en que las hayamos ido organizando para poder ubicarlas con facilidad, para poder revivir cada momento, para ser capaces de sentir por unos instantes el aire fresco de la vida buena, cuando nuestra piel cargada de surcos nos diga en la cara y en el pecho, la distancia de vida que llevamos recorrida, dependerá las ganas que le pondremos a lo que nos resta de camino.
Sabemos perfectamente que anida en nosotros ese sentimiento artero que suele desarmarnos, que se llama nostalgia, y que cuando surge nos provoca una sensación de vacío, lastimándonos el alma, haciéndonos ver vacíos. Se han escrito infinidad de libros diciéndole al ser humano como lidiar con dicho sentimiento, como sobre llevar la pena por la ausencia de los que debieron marcharse de la foto atesorada, por la copa vacía que ya nadie llenará, pero que solo él y nadie más que él deberá procesar para poder superarlo y que en el silencio de la intimidad de su habitación, él y su maestro interior, deberán plantearse como sobrellevarla.
Cada día traigo a la memoria instancias felices de mi infancia lejana, pero ello no me hace querer volver a ella, sino que me hace sentir agradecido y en paz, porque esa paz, esa armonía y la seguridad para el crecimiento que me brindaron mis padres, me ayudaron a crecer sano de cuerpo y de mente para poder afrontar los desafíos que la vida fue poniendo ante mí, permitiéndome encaminarla con firmeza, con entereza, con determinación.
Como expresara al inicio de esta reflexión, al ver la felicidad manifiesta de mis amigos entorno a aquella mesa, la cual desde mi óptica trascendía al mero hecho de los alimentos y la bebida, representaba una magnífica reunión de hombres libres, poseedores sinceros de un estado espiritual sublime, un estado de ánimo diferente, viéndome también yo, tal cual los veía a ellos, detenido en el tiempo, un tiempo que no se si deseo que siga adelante, que pase, que se haga cómplice del reloj, pero que se, hay que disfrutar como se disfrutan los días de sol recostado a la sombra fresca de algún árbol añoso, sabiendo que ya llegará el frío, la oscuridad o la nieve, pero ahora no. ¡Ahora hay sol¡
Me vi en un instante en sepia, congelado, estático, pero no inerte, sino en la quietud sublime del que se detiene para que nada le perturbe, para poder observar en detalle y así tener la capacidad de atesorar cada instante, haciéndole lugar a esa nueva fotografía que con los años alguien observará pudiendo adivinar en esos rasgos borrosos, a los amigos de hoy, a los camaradas de este instante que convocados en el ancestral ritual de la reunión entorno a una mesa celebran la vida.
En definitiva amigos míos, mis hermanos, hagamos de cada momento junto a nuestros amigos más cercanos y aun junto a esos con los cuales generamos algo de química, una fiesta donde el cotillón se haga dueño de cada espacio, donde las burbujas del champagne nos hagan cosquillitas y donde aflore por cada poro, la necesidad visceral de revivir cada día un ritual con los compañeros de ruta con los que la vida nos ha puesto para explorarla juntos.
José Luis Rondán
Taller de Arte “La Guarida” del artista plástico José L. Rondán
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