
Algunos amigos, en conversaciones informales refieren a estos temas publicados en ICN como profundos y muchas veces duros en exceso, lo que me lleva a reflexionar acerca de la naturaleza de lo que uno va generando y que de una u otra manera hace llegar a los lectores.
Revuelvo en el arcón del alma para dejar salir emociones más amigables, más coloridas y suaves, pero la vida… Siempre la vida, me toma de la mano y me lleva por otros caminos marcando mi perfil en la escritura, delineando frases y conceptos más acordes a las vivencias de esta hora en que vivo, haciéndome dejar para otro día los momentos más agradables.
Hoy a la mañana, mientras circulaba en el auto con destino al trabajo y el sol muy rojo hacía por despegarse de los edificios y las copas recortadas en el horizonte, llamó mi atención la cantidad de hombres, muchos de ellos muy jóvenes, acurrucados contra las paredes, contra muros mil veces empapelados, orinados o grafiteados, enroscados en mantas grises, mugrientas y seguramente, por las condiciones de higiene, muy mal olientes. Grises orugas ciudadanas de las que emergerán mariposas ya viejas y arruinadas. Más allá un enorme basural donde en forma descarnada la ciudad vulnerable muestra al acostumbrado transeúnte las venas abiertas de nuestras pobres limitaciones, donde el desperdicio, el residuo, el nailon, el envase plástico, los animales en descomposición y otra variedad de elementos nos dicen a voces de nuestro alto grado de evolución que como especie hace parte importante del actual paisaje de algunos tramos de la urbe.
Bajé la velocidad del automóvil, observándolo todo, absorbiendo en la lentitud de la marcha cada detalle; me puse a jugar con la imaginación hasta transformar los voluminosos y extensos basurales blanqueados por el reflejo de la fuerte luz solar en amplios espacios cubiertos por la nieve. ¡Última hora, el cambio climático llegó a nuestro país; nevó en Montevideo!…Pensé en los titulares de los periódicos, aunque sabía que ante mí y a los lados y detrás, todo era basura, deshechos de una sociedad pujante que en su crecimiento, en su proceso evolutivo necesariamente debe ir dejando vestigios de ese esfuerzo por encaramarse en la cúspide de la cadena animal.
La realidad me tomó por los tobillos dándome contra el piso y trayéndome al terreno por donde rodaba despacio mi auto gris, ya que detrás de un enorme montículo empecé a visualizar una cabeza, dos, tres…Todos encorvados, nadando entre la inmundicia, arrastrando sendas bolsas de nailon negro, hurgando, revolviendo, clasificando, desayunando, compartiendo.
Detuve la marcha unos instantes para visualizarlos mejor, eran muy jóvenes, casi niños, eran como peregrinos confundidos, deambulando por los pliegues del culo mugriento de una sociedad hostil, que segrega, mutila y se vuelve insensible cuando los gusanos de la alienación han comido arteramente las terminales nerviosas que la ponían en alerta y le permitían por lo menos un ademán de defensa, de lucha, de rebeldía.
Nos hemos ido acostumbrando a convivir con las miserias humanas, tanto las de los basurales como las de las grandes torres, tanto la de los carritos abarrotados, tirados por agotados y maltratados jamelgos como las del auto plateado, de vidrios polarizados que pasa raudo a nuestro lado ostentando su exclusiva marca.
Mientras circulaba por una calle angosta atestada de madres y hermanas o tías llevando chicos a la escuela, volví a detenerme, esta vez por precaución, ya que la algarabía de la multitudinaria marcha de túnicas blancas, y otras no tanto, los hacía despreocuparse del tránsito vehicular. Observé en los rostros de aquellos adultos anónimos, los deseos, la fuerza en creer en la promesa que llevaban de la mano, en que sus pequeños no fueran como ellos, que recibieran educación, que pasaran de año, que no cayeran en las garras ensangrentadas de la droga inmunda que les roba el alma. Eso vi o al menos creí ver; no quiero ver en mi mente que los lleven a la escuela más que para quitárselos de arriba, para que no molesten. Eso sería muy ruin.
Retomé la marcha inmerso en el paisaje de ranchos de chapas, perros flacos y nubes gordas, hasta ver a uno de los lados, recostado sobre un montículo de desperdicios, un joven encapuchado, muy delgado, concentrado en la oquedad de sus esperanzas derruidas, haciendo por encender la tuca por donde subrepticiamente en forma de humo se va colando la muerte; a su lado una joven de no más de diecisiete años con su cabeza recostada sobre los muslos del muchacho; su mirada lejos, perdida, tan vacía como la de su acompañante. Sus manos pequeñas, en forma automática, muy despacio formaban círculos imaginarios en el abultado y brilloso vientre donde bulle y hace por estallar en vida una simiente que soñará seguramente cuando una mañana le toque marchar a la escuela, en transformarse algún día en frondoso árbol, aunque por las circunstancias, sociedad tirana, nacido al borde de un barranco, no le será permitido acariciar la esperanza de ser el árbol más grande o más fuerte del bosque ya que al ir desmoronándose el terreno, irremediablemente irá dejando al descubierto sus enjutas raíces, condenándolo en cualquier momento al abismo.
Retomo la marcha habitual reordenando los pensamientos, sabiendo que la basura es basura y los jóvenes en el basural, árboles podados cruelmente desde sus raíces. Miro por el retrovisor el mundo de gente diferente pero igual, de un pedazo de una sociedad resquebrajada donde se afanan las ONGs, los comunales, las mesas de convivencia, los grupos de vecinos, las intendencias, las policlínicas, las escuelas y liceos y todo aquel colectivo que de una u otra manera entienda que es allí el terreno donde debe desarrollar su tarea para romper la utopía, para dejar aflorar un sueño posible pero muy difícil, de integración, de identidad, de contención, aunque lamentablemente cada día con más claridad aparece ante nosotros el sólido muro de aquello que ha mutado, de aquello que ha venido para quedarse aunque nos duela, haciéndonos notar cuan al borde del barranco se aferran los viejos troncos, mientras incontenibles ven surgir al aire libre, manojos desprolijos y ya débiles de raíces inútiles, que ya nada alimentan, ni sostienen.
José Luis Rondán
Taller de Arte “La Guarida” del artista plástico José L. Rondán
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