Por Paco Tilla.-
En un verdadero alarde de rigor informativo y compromiso con la ciudadanía que —con la mayor de las alegrías y sin posibilidad de opción— financia el canal municipal de Montevideo con sus impuestos, el cronista de TV Ciudad de Montevideo, Diego Martini Lemos, ha vuelto a dar una lección magistral de observación periodística… o de imaginación creativa de un medio que sin audiencia, igual insiste.
El sabueso de las redes sociales sorprendió al público (a ese selecto, microscópico y exclusivo grupo de montevideanos que sigue las transmisiones del canal de la intendencia) con una revelación histórica: según su análisis visual, el expresidente Luis Alberto Lacalle Herrera intentó besar la mano del Papa en un gesto que, según Martini, “no está permitido”, provocando que el pontífice le retirara la mano en seco.

Sin embargo, hay un pequeño inconveniente con la primicia: las imágenes muestran un saludo protocolar absolutamente normal donde nadie esquiva nada ni se rompe ningún misterioso código vaticano. Ante semejante despliegue de percepción distorsionada, en las redes no tardaron en preguntarse si el bueno de Martini se habrá tomado alguna copita de más de la bebida que tan generosamente comparte nombre con su apellido. Aunque, claro, eso sería un asunto estrictamente de su vida privada; la calidad del periodismo que sale de la emisora municipal, lamentablemente, nos compete a todos. Besar el anillo del Papa (conocido como Anillo del Pescador) no está prohibido por ninguna norma canónica o ley eclesiástica, salvo para Martini.
El tropezón del cronista es doblemente incómodo si se repasan los libros de protocolo (o simplemente se mira televisión con los ojos abiertos):
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La reina Letizia de España, figura protocolar por excelencia, ha besado el anillo papal sin que las fuerzas del orden vaticano la detuvieran.

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El beso al anillo de los fieles ha cumplido con el tradicional saludo al Pontífice con total naturalidad.

Resulta curioso cómo las prohibiciones protocolares parecen inventarse según la cara del cliente que saluda en la pantalla. Mientras la realidad muestra un protocolo habitual y sin sobresaltos, el relato fabricado en la red social exige una rectificación urgente para no dejar la reputación periodística del canal público tan vacía como su cuota de audiencia.












