León XIV en el Uruguay laico y secularizado

Cuando Prevost (León VIV) se asomó por vez primera al balcón del Vaticano, ante la multitud anhelante y los focos de la prensa mundial, su imagen tímida dio paso de entrada mismo a un llamado neto, contundente: urge la paz. Centrándola en Cristo, proclamó una paz “desarmada” y reclamó una paz “desarmante”

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Pbro. Eliomar Carrara – (Especial para ICN Diario).-

Como papa, jefe de la Iglesia Católica, León XIV realizará su primera visita a América Latina a inicios de este noviembre del 2026, comenzando desde Uruguay, siguiendo por Argentina y culminando en su tierra de adopción misionera: el Perú. A poco más de un año de su elección y consagración, con una imagen serena y sobria, algunas palabras, gestos y documentos emitidos no poco relevantes, y sumado a ello recién operado de un cáncer pulmonar –nada menos-, este periplo que emprende demuestra el buen ánimo del hombre, despierta sentimientos, expectativas y variedad de miradas, desde las más afines y esperanzadas a las más distantes y escépticas también en este país nuestro, tan poco religioso. ¿Qué relevancia podrá tener y en qué ámbitos?, ¿Cómo incidirá en el secularismo cultural y el laicismo imperantes?, el tiempo lo dirá. Quizá alguna pista puedan brindar las visitas de Juan Pablo II, en 1987 y 1988 (apenas catorce meses entre una y otra).

Cuando Prevost se asomó por vez primera al balcón del Vaticano, ante la multitud anhelante y los focos de la prensa mundial, su imagen tímida dio paso de entrada mismo a un llamado neto, contundente: urge la paz. Centrándola en Cristo, proclamó una paz “desarmada” y reclamó una paz “desarmante”. Un cuestionamiento sutil a los sembradores del caos y a los señores de la guerra y una clara identificación con el clamor por la paz de una humanidad que padece sin descanso gran agobio ante los graves y crecientes conflictos armados y sus efectos, y que mira con impotencia y nerviosismo la amenaza del sumo pavor: la escalada atómica.

En su momento, también el paso por Uruguay de Juan Pablo II –un jefe católico venido del mundo comunista, conocedor en carne propia del dolor por las heridas y cicatrices de un atentado en plena plaza de San Pedro y aún así misionero incansable- estuvo precedido de incertidumbres y expectativas. Sorpresivamente se pudo constatar, luego, que sus dos visitas tuvieron ambas una significación no meramente anecdótica sino inequívocamente histórica.

La primera, el 31 de marzo de 1987, se ha de recordar que fue de carácter “diplomático”. Como jefe de Estado, Juan Pablo II venía aquí en agradecimiento oficial a nuestro país por haber dispuesto el territorio para que, en enero de 1979, se firmara el Acta de Montevideo, el cual dio inicio al futuro acuerdo de paz entre los Gobiernos “de facto” de Argentina y Chile por el largo diferendo del canal de Beagle, al que el Vaticano había sido llamado entonces como mediador por las partes y a último momento, ante la inminencia de una guerra fratricida que se pudo, al fin y felizmente, evitar. Fue, el del Papa, un gesto más que diplomático, ya que iba en camino a visitar “pastoralmente” a Chile y luego a Argentina, evitando así la interpretación de alguna preferencia pontificia por una u otra nación al visitar primeramente a Uruguay.

En ese entonces, muchos nos preguntábamos cómo irían a responder dos actores: el uruguayo de a pie y no menos el Gobierno, al ser éste el país más secularizado y laicista del continente americano, y para peor en esos precisos días con un clima inhóspito, con lluvias persistentes. ¿Quién va a asistir a la misa del Papa?, nos decíamos escépticos. ¿Cómo lo recibirán las autoridades, tal vez con un distante y frío protocolo y punto? Felizmente, nos equivocamos. Respecto a la población, se entendió luego que la visita papal constituyó un fuerte revulsivo respecto al lugar de lo religioso en la existencia humana, tal como había pasado en otros países. En relación a las autoridades de gobierno, se vio que su desempeño no asumió la impostura rígida de un laicismo marginalizador y solapadamente excluyente de la dimensión religiosa del hombre y de sus instituciones, sino el gesto distendido de una laicidad respetuosa, reconocedora y ponderadamente integradora de lo religioso, y por lo mismo no menos respetuosa de la libertad personal en el concierto de la dinámica pública, incluso en los reductos del poder político.

Y así fue nomás en aquellos días. Por un lado, este reconocimiento positivo –no sin una cuota de curiosidad- se vio en la gente,  que a medida que se iba calmando la lluvia (la cual duró hasta media hora antes del comienzo de la ceremonia) comenzó rápidamente a llenar como una inmensa marea aquel por entonces bastante descampado centro urbano de Tres Cruces, perdiéndose la mirada por varios de los puntos cardinales, con estimaciones al final de no menos de 250.000 personas (en una ciudad de poco más de un millón de habitantes). Y por otro lado, se vio en las autoridades públicas que, incluso en sus máximas jerarquías, estuvieron allí  presentes, y nada menos que “en misa” –acto supremo del culto católico-, tanto así en la persona del mismísimo presidente de la República, Dr. Julio María Saguinetti (agnóstico confeso) como en las de varios de sus ministros. Y más allá de todo cálculo político, no podía ser menos, ya que el papa Juan Pablo II era por entonces la figura de mayor relevancia mundial, muy por delante de cualquier otro líder, imposible de ser soslayado o tratado con indiferencia. Y nadie cuestionó formalmente nunca nada sobre una posible violación contra la laicidad del Estado por parte de las autoridades civiles, pues en su defensa hubiera bastado señalar el hecho de haber concurrido allí en carácter personal (aun cuando alguno hubiera eventualmente hasta comulgado).

Como sello simbólico de esta expresión de laicidad respetuosa, quedó en el lugar una inmensa cruz blanca de chapa metálica que fuera colocada para significar la ceremonia religiosa y luego erigida por ley nacional como “monumento público” en recuerdo de la histórica visita, y esto en un estado laico, aconfesional, por cierto que luego de un intenso y muy personalizado debate en ambas cámaras del Parlamento. A este último respecto, la ocasión fue inédita. Habiendo dado, los partidos políticos, libertad de acción a sus legisladores, casi no hubo parlamentario que no comenzara fundamentando su posición o su voto explicitando la muy personal cosmovisión. Afloraría así en el hemiciclo el elenco de la pluralidad de convicciones más o menos agnósticas, ateas, creyentes, confesionales o no, y sorprendiendo aún más al expresar la mayoría su consideración y experiencia personal con la Iglesia Católica, incluso su perspectiva sobre Cristo y aún más hondamente filosófica respecto a la existencia o no de un Dios. Para no pocos de ellos, fue una experiencia mucho más que removedora, catártica, en cierto modo misteriosa, llena de riquísimas anécdotas y con grandes contendientes en ambas posturas. Hasta hubo medios que subtitulaban -no sin razón- “Los parlamentarios se confiesan ante la cruz”.

La segunda visita, al año siguiente, fue de carácter pastoral. Como pastor supremo de la Iglesia Católica, Juan Pablo II visitó en cuarenta y ocho horas, además de la capital, las ciudades de Salto, Florida y hasta la fronteriza y discreta Melo. ¡Un papa estuvo en aquel rincón! ¿Qué figura de fama internacional se conoce que hubiera estado alguna vez en Melo? Y allí estuvo el Papa, no como una personalidad mayestática, fría, distante, sino cercano, sensible y lúcido, que se salía de las sendas marcadas por el protocolo para acercarse y tocar a las personas anónimas,  saludándolas -como lo hacía en todos lados-, y que no sin atrevimiento presentó en su discurso algunos puntos de la doctrina social de la Iglesia referidos a los derechos de los trabajadores y a la primacía del trabajo sobre la especulación financiera, cuestiones siempre desafiantes que aplicaban también para un Uruguay que retomaba hacía poco tiempo su senda democrática. En cualquier lugar del globo que hable, cuando están bien fundadas, las palabras del Papa son “urbi et orbi”, para la ciudad y el mundo, para todos, traspasando fronteras. Y alguna sutileza. Recuerdo perfectamente que, luego de la visita de Juan Pablo II, los periodistas comenzaron a integrar y luego consolidaron un vocablo que estaba antes totalmente vedado de su nomenclátor, el vocablo “alma”; se mostró así, la prensa, menos psicologista y materialista, ampliando sus referencias a los fenómenos humanos. Podrá parecer algo insustancial, pero la voz de los medios es responsablemente configuradora de la visión del colectivo social, le pone lentes para mirar las cosas (“lo dijo la televisión”, “lo escuché en la radio”).

Ahora, ¿Qué dirá el Santo Padre, que conoce los rincones pobres del mundo, aún antes de haber sido papa? Estamos cerca de saberlo. En lo personal, no deja de admirarme y me confirma como cristiano y católico que en su visita el papa León XIV entre también a los márgenes, al igual que otrora Juan Pablo II en Melo, que visite nada menos que los emblemáticos y estigmatizados barrios Borro y Casavalle, que conozca y bendiga allí las ya arraigadas y las nuevas obras sociales de la Iglesia, que escuche a los vecinos y diga su palabra. Quisiera que no sólo nos ayudase a ver que la ciencia, la tecnología, la ecología, la IA, deben estar al servicio del hombre y no al revés. Que especialmente, nos ayude ojalá a remover, en el sentimiento colectivo de la población y en todo actor político, social, militante, profesional, religioso, etc., el obstáculo de la impotencia  y la acomodación ante las múltiples formas de mal trato, de abuso y de violencia, y haga crecer los grandes anhelos de paz. Una paz desarmante de los propios esquemas de dominio, codicia y resentimiento hacia los otros. Una paz comprometida con gestos concretos para atender y ayudar a levantarse a los pobres, a los olvidados, a los descartados, que mire por los niños por nacer, los ancianos, por los jóvenes sin oportunidades, por los que más sufren. Una paz que trabaje por el bien de todos y no sólo por el de los que son de mi grupo. Al fin, la paz en la familia, en la sociedad, en las relaciones internacionales, y la paz del propio corazón reconciliado así consigo mismo, con los demás y con Dios, en su hijo Jesucristo, Príncipe de la paz. Sin la paz, languidece la vida y su sentido; con ella, todo reverdece.