¿Adónde hemos ido a parar?

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Por Micaela Dotta.-

Otra mañana más en el centro de Montevideo y el olor ya se nota antes de doblar la esquina. No es metáfora. Es química. Una fórmula que combina treinta y seis años de gestión frenteamplista, residuos orgánicos de procedencia variada y una extraordinaria capacidad institucional para no hacerse cargo de absolutamente nada.

Montevideo, aquella ciudad que alguna vez tuvo pretensiones de capitalidad, hoy ofrece experiencias sensoriales que ni el más ambicioso parque temático se animaría a cobrar. Principalmente porque el parque temático estaría obligado a cumplir normas de higiene.

Las carpas están. Los que pelean están. Los que roban están. Los que hacen sus necesidades en plena vereda, con la tranquilidad de quien ha comprobado que la intervención estatal es una posibilidad remota, también están. Y el ciudadano de a pie, el que paga impuestos, el que sostiene con su salario esta arquitectura kafkiana del Estado benefactor, camina por el borde, apura el paso, mira para otro lado y calla. Porque decirlo en voz alta tiene un costo. Porque señalar lo que todos ven es, en el Uruguay de 2026, una demostración de insensibilidad social. Hemos alcanzado un estadio superior de civilización en el que exigir que una vereda sirva para caminar puede interpretarse como una provocación ideológica.

El Frente Amplio gobierna Montevideo desde 1990. Treinta y seis años. Tiempo suficiente para levantar una ciudad, destruirla, reconstruirla y colocar una placa conmemorativa por cada una de las tres gestiones. Sin embargo, la promesa se renueva puntualmente con cada administración: ahora sí, esta vez será diferente. La ciudad agradece la intención. Los baches, mientras tanto, ya adquirieron derechos de antigüedad. Algunos están próximos a jubilarse.

Por supuesto, cualquier funcionario debidamente entrenado explicará que la situación de calle responde a un fenómeno multicausal, atravesado por vulnerabilidades estructurales, trayectorias de exclusión y complejidades socioeconómicas que requieren abordajes interinstitucionales integrales. Traducido al castellano: es complejo. Y claro que lo es. Hay pobreza, problemas de salud mental, adicciones y personas que necesitan atención urgente. Lo extraordinario es que el Estado haya conseguido transformar el reconocimiento de esa complejidad en un salvoconducto para la inacción. El procedimiento es de una sofisticación admirable: se identifica el problema, se conforma una mesa, se redacta un diagnóstico y se deriva a otra dependencia para que evalúe la pertinencia de conformar una segunda mesa. Si el problema persiste, se lo declara estructural. El ciudadano podrá continuar esquivándolo hasta nuevo aviso. Se ruega comprensión.

Carolina Cosse, actual vicepresidente de la República, merece un apartado en esta singular relación entre gestión y resultados. Durante su presidencia en Antel, el proyecto del Antel Arena partió de una estimación de USD 40 millones. Una auditoría posterior estableció un costo de USD 118 millones.

Casi el triple.

Una proeza presupuestal que, trasladada a la economía doméstica, equivaldría a salir a comprar una heladera y regresar con tres, dos hipotecas y la satisfacción de haber dinamizado el mercado. Pero convengamos que el dinero público tiene propiedades físicas distintas del privado. Es más elástico, más aventurero y, sobre todo, infinitamente más fácil de comprometer cuando la factura la recibe otro. Cosse pasó luego por la Intendencia de Montevideo antes de llegar a la Vicepresidencia. Una trayectoria institucional considerable. Pocos pueden acreditar semejante experiencia en la administración de recursos ajenos. Y el contribuyente, pobre criatura anticuada, todavía insiste en relacionar el dinero que entrega con los servicios que recibe. Una concepción casi medieval de las finanzas públicas.

Pero volvamos a Montevideo, que sigue ahí, aunque determinadas esquinas inviten a verificarlo con precaución. Lo verdaderamente fascinante es el dispositivo moral que se activa cuando alguien se atreve a señalar el deterioro. Te llaman insolidario. Te llaman de derecha. Te explican que no comprendes las estructuras históricas, que ignoras la complejidad del fenómeno y que deberías desarrollar una mirada más empática. La empatía, al parecer, consiste en observar cómo se deteriora el espacio público y mantener una expresión facial apropiadamente comprensiva. Y cuidado con sugerir que las autoridades deberían hacer algo. Eso sería simplificar.

Hemos perfeccionado una modalidad administrativa en la que los problemas son demasiado complejos para resolverse, pero nunca lo suficientemente graves como para exigir responsabilidades. Si una calle está rota, hay que entender el contexto presupuestal. Si una vereda está ocupada, hay que comprender el contexto social. Si la inseguridad preocupa, hay que analizar la evolución histórica. Si una obra cuesta tres veces lo previsto, hay que considerar sus múltiples componentes. Todo tiene contexto. Lo único que parece carecer de contexto es el recibo de los impuestos, que llega puntualmente, con una claridad conceptual y una eficiencia administrativa verdaderamente conmovedoras.

Treinta y seis años no son una transición. Tampoco un período de adaptación. Ni siquiera una demora razonable de la administración pública uruguaya, cuyos plazos pertenecen a una dimensión temporal todavía no estudiada por la física moderna.

Treinta y seis años son treinta y seis años.

Y quizás haya llegado el momento de dejar de tratar a Montevideo como una paciente crónica a la que se le renueva indefinidamente la receta sin preguntarse por qué sigue enferma. Las personas que viven en la calle necesitan soluciones. Los vecinos necesitan recuperar su ciudad. Y quienes gobiernan deberían comprender que la sensibilidad social no se mide por la cantidad

de sustantivos abstractos que caben en una declaración institucional. Aunque una revisión de este último criterio podría requerir asesoramiento técnico externo.

Yo me pregunto adónde hemos ido a parar. Y me pregunto, también, cuántas mañanas más tiene que oler así el centro de Montevideo para que alguien en el gobierno baje del despacho, salga a la calle sin custodia y respire hondo. Aunque sea una vez.