Por Juan Carlos Barreto.-
Café con trazos sigue recorriendo el país. Y en ese recorrido, esta vez, el camino no llevó a una sala de exposiciones ni a un taller, sino a una mesa con café de por medio, frente a dos autores amigos que acaban de publicar en Amazon una novela: “La Anunciación”, escrita por Marciano Durán y Marciano Durán Laxague, padre e hijo.
Tuve el privilegio de integrar el grupo de lectores que conoció La Anunciación cuando todavía era un manuscrito. La leí como lector, como pintor y como alguien que desde hace muchos años recorre el país acompañando procesos culturales y creativos.
Cuando terminé la novela pensé en escribir una reseña. Después imaginé una entrevista convencional. Descarté ambas ideas.
Las preguntas que me habían quedado no eran las habituales. No quería saber cuánto demoraron en escribirla, ni cómo se repartieron los capítulos, ni cuál era el personaje preferido de cada uno.
Quería entender otra cosa.
¿Qué les había pasado durante esos tres años?
Porque terminé la novela con la sensación de que Leonardo da Vinci no había sido solamente el objeto de una
investigación. Había sido un compañero de viaje.
Y sospecho que nadie convive tanto tiempo con una mente extraordinaria sin salir transformado.
Nos encontramos una tarde cualquiera. Había café de por medio. La charla empezó hablando del libro y terminó hablando de la curiosidad, del método, de las dudas y del extraño oficio de perseguir preguntas.
JUAN CARLOS BARRETO
Voy a empezar por algo que probablemente nunca les preguntaron.
No quiero saber cuándo nació la novela.
Quiero saber cuándo empezó la obsesión.
Porque son dos cosas distintas.
(Se hace un pequeño silencio. Padre e hijo se miran. Como si estuvieran decidiendo quién responde primero.)
MARCIANO DURÁN RIVERO
(Ríe.)
Qué manera de empezar…
Porque las obsesiones no llegan con una fecha.
No golpean la puerta.
Un día descubrís que hace meses estás pensando en la misma cosa y recién entonces entendés que ya es demasiado tarde para salir.
MARCIANO DURÁN LAXAGUE
Creo que hubo un momento bastante preciso.
Hasta entonces yo investigaba para escribir una novela.
Después ocurrió algo.
La investigación empezó a hacer preguntas que la propia novela ya no alcanzaba a responder.
Y ahí cambió todo.
JUAN CARLOS BARRETO
¿Recordás cuál fue esa primera pregunta?
MARCIANO DURÁN LAXAGUE
No sé si fue la primera.
Pero sí recuerdo la primera vez que pensé:
“Acá hay algo que no termina de cerrar.”
Y cuando una pregunta resiste el paso del tiempo, vale la pena seguirla.
Después vino otra.
Y otra.
JUAN CARLOS BARRETO
Eso explica una duda que tuve durante toda la lectura.
¿Quién sufría más?
¿Ustedes… o la familia?
(Los tres ríen.)
MARCIANO DURÁN RIVERO
Incluiría a los vecinos
(Ríen)
La familia … los primeros.
Mi esposa empezó a detectar un síntoma muy claro.
Me ofrecía un mate y yo me quedaba mirando el mate como quien busca pistas en un globo terráqueo.
MARCIANO DURÁN LAXAGUE
Es verdad.
Y lo peor era que la conversación podía durar cuarenta minutos.
MARCIANO DURÁN RIVERO
Hasta que ella decía:
“Perfecto… pero si lo mirás de abajo el mate se te vuelca.”
JUAN CARLOS BARRETO
Hay algo que me llamó especialmente la atención.
Y ahora hablo desde el trazo.
Mientras leía la novela tuve muchas veces la sensación de que ustedes no describían las obras de Leonardo.
Las observaban.
Como si estuvieran parados delante del cuadro.
¿Eso se aprende?
¿O termina ocurriendo después de mirar una misma pintura durante cientos de horas?
(Los dos se miran un instante.)
MARCIANO DURÁN LAXAGUE
Creo que empieza por una decisión muy simple.
Aceptar que uno puede estar equivocado.
Cuando me sentaba frente a una pintura no iba a demostrar una teoría.
Iba a hacer preguntas.
Y las preguntas tienen una ventaja enorme sobre las certezas.
No se enojan cuando la respuesta es distinta de la que uno esperaba.
MARCIANO DURÁN RIVERO
Él dice eso ahora…
Pero hubo días en que él estaba absolutamente convencido de haber encontrado algo extraordinario y conseguía entusiasmarme a mí también.
Y al otro día…
todo se caía.
JUAN CARLOS BARRETO
¿Y qué hacían?
MARCIANO DURÁN RIVERO
Suspirar.
Tomar café.
Y volver a empezar.
(Risas.)
MARCIANO DURÁN LAXAGUE
Había una regla que intentaba respetar.
Si una hipótesis no resistía los hechos…
la hipótesis se iba.
Nunca al revés.
JUAN CARLOS BARRETO
Eso parece sencillo de decir.
Pero me imagino que, después de dedicar semanas a una idea, debe doler bastante abandonarla.
MARCIANO DURÁN LAXAGUE
Muchísimo.
Porque uno también se encariña con las hipótesis.
Y ahí aparece una batalla interior.
Por un lado querés que sea cierta.
Por el otro sabés que tu obligación es demostrar si realmente lo es.
MARCIANO DURÁN RIVERO
Yo me enamoro muy rápido de las buenas historias.
Por suerte, él se enamora mucho menos.
Porque más de una vez yo decía:
“Esto es precioso.”
Y él respondía:
“Sí… pero todavía no alcanza.”
Creo que esa tensión terminó siendo una de las mayores fortalezas del proyecto.
JUAN CARLOS BARRETO
Hasta ahora venimos hablando de los dos, pero ¿trabajaron en distintos planos?
MARCIANO DURÁN LAXAGUE
La investigación nació de una inquietud mía. La concebí y la desarrollé. Mi padre se incorporó como un interlocutor muy cercano: sus preguntas y observaciones me obligaban a explicar mejor, justificar cada paso y preguntarme si aquello realmente se sostenía. Después asumió la tarea de convertir todo ese material en una novela.
MARCIANO DURÁN RIVERO
Ese reparto estuvo claro desde el primer día. La investigación es de Marciano… bueno…ambos somos Marcianos.
Yo acompañé el proceso, hice mil preguntas, discutí algunas ideas, y traté de ponerme en el lugar del futuro lector.
JUAN CARLOS BARRETO
O sea que la investigación no terminaba cuando encontrabas una pista.
Ahí recién empezaba la discusión.
MARCIANO DURÁN LAXAGUE
Exactamente.
Encontrar una relación era apenas el comienzo.
Después tenía que preguntarme si era real, si tenía antecedentes, si existía otra explicación más sencilla.
En investigación hay una palabra muy importante: descartar.
Descarté muchísimo más de lo que conservé.
MARCIANO DURÁN RIVERO
Ese fue mi gran conflicto.
Me entusiasmo mucho con una buena historia.
Pero fui entendiendo que una buena historia no alcanza.
Tenía que ser, además, intelectualmente honesta.
Creo que esa exigencia terminó mejorando la novela.
JUAN CARLOS BARRETO
Hay una palabra que todavía no apareció en toda esta conversación.
“Descubrimiento”.
Y me llama la atención.
MARCIANO DURÁN LAXAGUE
No es casualidad.
Porque “descubrimiento” parece una palabra definitiva.
Y nunca sentí que estuviera cerrando un tema.
Prefiero hablar de preguntas, de relaciones, de hipótesis que lograban sostenerse mejor que otras.
Si el libro consigue que otras personas vuelvan a mirar esas obras con ojos distintos, ya habrá cumplido una parte importante de su objetivo.
JUAN CARLOS BARRETO
Sin embargo hubo momentos en que debiste sentir la emoción de estar frente a algo realmente importante.
MARCIANO DURÁN LAXAGUE
Sí.
Y justamente esos momentos eran los más peligrosos.
Porque el entusiasmo puede hacerte bajar la guardia.
Cuando una hipótesis me gustaba demasiado, intentaba volverme todavía más exigente con ella.
MARCIANO DURÁN RIVERO
Al acompañarlo entendí rápidamente que no estábamos escribiendo para demostrar que Marciano tenía razón.
Estábamos escribiendo para invitar a otros a pensar.
Y esas son dos cosas completamente distintas.
JUAN CARLOS BARRETO
Voy a hacerles una pregunta muy personal.
Después de convivir tres años con Leonardo…
¿el genio empezó a parecerles más humano?
(Se hace un silencio más largo.)
Marciano hijo baja la mirada.
Marciano padre toma la taza de café.
Ninguno responde enseguida.
MARCIANO DURÁN LAXAGUE
Sí.
Y creo que fue uno de los cambios más profundos.
Al principio uno admira la obra.
Después empieza a admirar el método.
La disciplina.
La paciencia.
La capacidad de conectar conocimientos que, aparentemente, no tenían relación entre sí.
Ahí entendí que la genialidad de Leonardo no estaba solamente en lo que hacía.
Estaba en la forma en que pensaba.
MARCIANO DURÁN RIVERO
A mí me pasó algo parecido.
Con el tiempo dejé de imaginarlo solamente como el gran artista del Renacimiento.
Empecé a imaginar al hombre que dudaba.
Al que volvía sobre una idea.
Al que seguramente también sintió frustraciones.
Y, curiosamente, cuanto más humano empezó a parecerme…
más extraordinario me resultó.
JUAN CARLOS BARRETO
Hay una sensación que me acompañó durante toda la lectura.
Nunca tuve la impresión de que ustedes intentaran convencerme.
Más bien sentí que me estaban invitando a mirar.
¿Eso fue deliberado?
MARCIANO DURÁN LAXAGUE
Sí.
Porque la investigación empieza exactamente ahí.
No en las respuestas.
En la mirada.
Uno puede pasar toda una vida frente a una obra de arte sin hacerse una sola pregunta.
O detenerse un minuto y descubrir que hay algo que no había visto nunca.
Ese fue el punto de partida de mi investigación.
A recuperar la curiosidad.
MARCIANO DURÁN RIVERO
Además, hay algo que nos preocupó desde el primer día.
No queríamos escribir un libro que dijera:
“Ésta es la verdad.”
Queríamos escribir un libro que dijera:
“¿Y si miramos esto desde otro lugar?”
La diferencia parece pequeña.
Pero cambia completamente la relación con el lector.
JUAN CARLOS BARRETO
Y entonces vuelvo a una pregunta que me quedó pendiente.
¿Por qué una novela?
¿Por qué no publicar directamente la investigación?
MARCIANO DURÁN RIVERO
Porque una novela permite compartir una experiencia.
Un ensayo transmite información.
Una novela transmite, además, emoción.
Nos interesaba mucho más que el lector sintiera la alegría del descubrimiento que leer una lista de conclusiones.
MARCIANO DURÁN LAXAGUE
Y había otra razón.
La investigación sigue abierta.
Nunca sentí que hubiera llegado al final.
La ficción nos permitió ser honestos con eso.
Mostrar un camino.
No imponer un destino.
JUAN CARLOS BARRETO
Mientras los escucho pienso que, en realidad, escribieron una novela sobre el placer de investigar.
MARCIANO DURÁN RIVERO
Bueno…no lo habíamos dicho así… pero me gusta.
(Risas.)
Porque es bastante cierto.
JUAN CARLOS BARRETO
Voy a hacerles ahora una pregunta completamente distinta.
Olvidemos el libro por un momento.
Si Leonardo apareciera ahora mismo y se sentara en esta mesa…
¿qué harían?
(Los dos sonríen.)
MARCIANO DURÁN RIVERO
Recuperado del infarto agudo de miocardio provocado por semejante visita, les agradecería a los médicos y me quedaría callado.
Después de hablar tanto sobre él durante tres años…solo escucharía.
MARCIANO DURÁN LAXAGUE
Coincido.
Y tampoco le preguntaría por mis hipótesis.
Le preguntaría cómo pensaba.
Cómo relacionaba disciplinas tan distintas.
Cómo entrenaba esa curiosidad permanente.
Porque sospecho que ahí está una parte enorme de su genialidad.
Y, además… estoy seguro de que Leonardo respondería una pregunta con otra pregunta.
(Los tres ríen.)
JUAN CARLOS BARRETO
Déjenme hacerles la última pregunta.
No tiene que ver con Leonardo.
Ni con la novela.
Tiene que ver con ustedes.
Dentro de veinte años, cuando vuelvan a abrir La Anunciación…
¿qué les gustaría sentir?
(La respuesta tarda en llegar.)
Marciano padre mira el libro.
Marciano hijo permanece unos segundos en silencio.
MARCIANO DURÁN RIVERO
Con 90 años espero tener (antes que nada) la fuerza necesaria para levantar esa tapa (ríen) Una vez logrado, me gustaría recordar estos años con la misma alegría con que los vivimos.
Porque, más allá del resultado, hubo un privilegio enorme.
Pocas veces un escritor tiene la oportunidad de acompañar una investigación de esta magnitud desde adentro.
Y todavía menos de hacerlo junto a un hijo.
Eso ya hace que el viaje haya valido la pena.
MARCIANO DURÁN LAXAGUE
Yo espero otra cosa.
Ojalá dentro de veinte años todavía haya preguntas abiertas.
Significaría que la investigación siguió viva.
Que otras personas continuaron mirando.
Discutiendo.
Proponiendo nuevas ideas.
Creo que el conocimiento funciona así.
Cada generación aporta una mirada distinta.
Y eso es lo más interesante.
JUAN CARLOS BARRETO
Mientras preparaba esta conversación imaginé que iba a entrevistar a dos autores que habían escrito una novela sobre Leonardo da Vinci.
Ahora, al guardar la libreta, siento que ocurrió exactamente lo contrario.
Conversé con dos personas que, durante tres años, aprendieron a mirar el mundo desde una pregunta.
Y quizá ésa sea la verdadera historia de La Anunciación.
No la de un cuadro.
No la de un código.
Ni siquiera la de Leonardo.
Sino la historia de dos personas que decidieron no conformarse con las respuestas conocidas.
Vivimos un tiempo en el que las respuestas aparecen antes que las preguntas.
Tal vez por eso esta novela resulte tan inquietante.
Porque nos recuerda que la curiosidad sigue siendo una de las formas más hermosas de la inteligencia.
Al despedirnos, miré nuevamente el ejemplar que había quedado sobre la mesa.
Pensé en una frase de Leonardo da Vinci:
“El placer más noble es el júbilo de comprender.”
Después de esta conversación comprendí algo que no había advertido mientras leía la novela.
El verdadero protagonista de La Anunciación no es Leonardo.
Es la curiosidad.
Y esa, afortunadamente, sigue siendo patrimonio de todos.
Buena jornada. Buen café.













