Es un hecho científicamente comprobado: Kylian Mbappé es un jugador fabuloso. Corre como un guepardo, define muy bien y cobra como si fuera el dueño del Louvre. Sin embargo, en el departamento de “grandeza humana” —ese carnet que te dan cuando aprendes a no gritarle los goles en la cara al rival— el delantero galo parece andar corto de saldo.
Antes de entrar en el maravilloso inventario de sus desubicaciones, hagamos los descargos de rigor para que no nos acusen de ensañamiento. No, Kylian no merecía los insultos de aquella diputada paraguaya que confundió el hemiciclo con la tribuna popular y se fue de mambo. Tampoco corresponden los comentarios insidiosos sobre su vida privada o su exnovia transgénero. En el mundo privado de Mbappé no se mete nadie, principalmente porque es difícil mezclarse entre tanto ego, pero además porque pertenece a su estricto ámbito personal. Aclarado esto, hablemos de lo verdaderamente importante: su “desbordante simpatía” en la cancha.
Un tierno saludo al pueblo guaraní
Hay que tener mucha clase para ganarle agónicamente 1-0 a Paraguay en los octavos de final del Mundial y, en lugar de celebrar con tus compañeros, correr a pegarle un grito en la cara al arquero Orlando Gill. Eso es prepotencia, señores, que nada tiene que ver con el deporte.
Pero el festival de la diplomacia francesa no terminó ahí. Las cámaras —esas malditas enemigas de la espontaneidad— captaron el momento exacto en que nuestro humilde capitán se dirigió al defensor Juniors Alonso, justo cuando el portero paraguayo iba a sacar de arco. ¿Qué le dijo? Una finísima expresión poética rioplatense que rima con “la con… de tu madre”. Se ve que Kylian no solo domina el balón, sino también el diccionario de insultos latinoamericanos. Todo un políglota de la buena educación.
El caballero de la capa blanca (pero con X)
Por supuesto, cuando la mencionada diputada paraguaya criticó su conducta, uno esperaba que un deportista de élite, multimillonario y portador de la cinta de capitán asimilara el golpe con la madurez de un adulto. Pero no. Don Kylian prefirió el siempre efectivo manual de la victimización.
A través de un comunicado oficial en su cuenta de X (emitido con la pomposidad de un jefe de Estado), el atacante del Real Madrid decidió atacar la investidura de la legisladora. La tildó de “mujer despreciable e indigna de su cargo” y la acusó de “inconsciencia y racismo sin complejos”. Varios analistas internacionales ya están aplaudiendo de pie la valentía de Mbappé: un hombre con un micrófono global de millones de seguidores, usando toda su maquinaria de idolatría para atender a una parlamentaria. Un combate sumamente equilibrado, sí señor.
El VAR y el fantasma de la humildad
Para rematar su semana de gracia, ahora el muchacho se enfadó con el árbitro y con el VAR en el partido contra Marruecos. Porque claro, todos sabemos que la tecnología y los colegiados tienen la culpa mística de que él haya mandado el penalti a las manos del portero marroquí. La autocrítica cotiza en bolsa y Mbappé no está comprando acciones.
La odiosa (pero necesaria) comparación: Qué enorme diferencia con un tal Lionel Messi. El astro argentino, ese buen tipo que camina por la vida derramando solidaridad, humanidad y que jamás caería en el juego desleal de atacar a un colega o armar un circo mediático por un berrinche.
En fin, la soberbia es una pésima consejera, pero paga muy bien los contratos publicitarios. Alguien debería avisarle al capitán galo que la cinta en el brazo sirve para guiar al equipo, no para taparse los ojos ante el espejo.











Un verdadero grande es humilde y hay algunos que no saben asimilar el éxito.
En lo humano y en lo deportivo, Messi es más grande.