Competencia (reflexiones de José Luis Rondán)

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Caminantes-luchadores –
Venimos a este mundo desde un ayer incierto, solos, muy solos, enfrentándonos desde la primera hora al desafío intransferible de abrirnos paso en un ambiente muy difícil, hostil, agresivo e implacable con quien por diferentes circunstancias no logra desarrollar todo su potencial para la vida.
Nos enseñan a competir desde la más tierna infancia, poniendo por ejemplo, la ancestral carrera de los espermatozoides por alcanzar el óvulo que espera a ser fecundado. -Tu llegaste en primer lugar hijo mío, tu fuiste el primero entre miles y miles y mírate, ahí estás, todo un ser humano.
Después le siguen las calificaciones, el deporte, el mejor partido para desposarse, los amigos, los talentos y habilidades, etc., etc. Y tanto hemos de competir que hasta en la sala de un hospital, mientras aguardamos por un médico, competimos para hacer ver frente a los demás que la intervención quirúrgica a la que fuimos sometidos fue la más difícil, la más arriesgada, la más costosa, y que debido a ello, somos quienes más hemos sufrido, puesto que con seguridad nuestra cicatriz será la más grosera, la más expuesta o la más repugnante.
Lo nuestro es lo mejor, lo más fuerte, lo más, lo más… ¿Es lo más respecto a que cosa? ¿Dónde están los parámetros establecidos a priori para saber que algo o alguien es mejor que otra cosa u otra persona? ¿Qué autoridad superior, más sabia, más idónea lo determinó y quien o quienes lo invistieron de tal autoridad?
Todo pasa por nuestra cabeza, necesitamos trascender, pero a que costo, al costo de no permitirnos la madurez y menos aun la vejez; al costo de no disfrutar del hoy por soñar con un mañana incierto al cual no conocemos más que por vagas referencias y menos aun sin saber si algún día llegará y si llegara, si tendremos las fuerzas, los deseos o el ímpetu para recibirlo de buena gana.
Todo redunda, desde mi óptica, en la imperiosa necesidad que tenemos de llamar la atención, de que alguien nos tome en cuenta, de que alguien nos considere y considere nuestra existencia, nuestra razón de ser en este planeta. Y tan arraigado está en la naturaleza humana este sentimiento, que si bien somos la cuarta parte de un grano de arena en el inconmensurable espacio de la playa del universo, Dios, ese dios todopoderoso, un clon del hombre occidental, de largas barbas blancas y ceño fruncido, nos creó a su imagen y semejanza, igualitos a él, idénticos y para colmo nos cargó la pesada bolsa del pecado, de la culpa, del miedo al castigo.
¡Por favor!
Buscamos afanosamente la conquista de los demás o de los territorios de los demás, del pan de los demás, de la casa de los demás y tan es así que se luchó, se invirtió y sacrificó hasta lo último, hasta lo más preciado para llegar primero a donde sea, no importa el destino ni los medios, el tema es ser el primero; primeros al espacio, primeros para tener la primera bomba atómica, para eliminar al enemigo antes que los demás, primeros para enfermarse y primeros para conseguir la cura o primeros para morirse. Nos embarcamos tanto en este tipo de peleas, que muchas veces, por carecer del carácter para llevarlas adelante, nos mimetizamos, creamos una empatía con quien las lidera, haciendo nuestro objetivo primordial las luchas ajenas y para cuando nos damos cuenta, ya hemos sido sustituidos, ya estamos débiles y sin fuerzas como para perseguir nuestros propios sueños, nuestras propias luchas, nuestros propios desafíos.
Y ante tanta competencia nos vamos olvidando lentamente de vivir, de ser y sentir tal cual somos en esencia. De ser nosotros mismos.
Nos olvidamos de mirar a los ojos a quienes amamos, omitimos el calor del abrazo, la risa honesta, el apretón de manos sincero y la necesidad de compartir por el solo hecho de compartir y no por unión de fuerzas para derrotar a un tercero.
La aventura de la vida es dejar fluir en libertad, es sentir que la vida transcurre por nuestras venas, con alegría, y nos va llevando hacia la luz primordial mientras nos nutre, nos enriquece, nos invade, nos hace crecer y ser más fuertes desde el interior, mientras el cuerpo biológico envejece al ritmo de las horas del tiempo material.
Gastar las sandalias en las duras veredas de la vida es un hermoso desafío, una carrera contra el tiempo, donde éste nos da toda la existencia de ventaja, pues en algún momento, en cualquier recodo, nos dará alcance para pedirnos cuentas y bien importante es que en ese instante supremo, íntimo, donde el encuentro en definitiva es con nosotros mismos, es el observarse al espejo de la muerte – vida, donde reflejamos a nuestro íntimo yo, al mejor amigo o al peor enemigo, podamos presentar las cuentas al día.
Deberíamos poder en esa ocasión, sonreírle al momento, sabedores que hicimos las cosas bien, o por lo menos lo intentamos y que dimos lo mejor en tal empeño. Conocedores, conscientes de que supimos ir cambiando paulatinamente juventud por sabiduría, fatiga por fortaleza, desasosiego y temores por firmeza y madurez y que de alguna manera, por nuestra forma de obrar, fuimos abrevadero, fuente de agua fresca y fronda inmensa para el abrigo, para la calma, para la paz de los que vienen siguiendo nuestras huellas y por nuevos, por inexpertos, sufren aun los avatares de la pelea que implica vivir, empujar, luchar, sentir la fatiga sin saber si habrá descanso.
Ese día al que el común de los seres humanos llama el día de la muerte, asociándolo a la putrefacción del cuerpo, para quien ha sabido hacerse uno con el camino, es el día de la trascendencia, el día en que por fin nos desharemos del cuerpo material, pesado transporte usado para trasegar este planeta, el que por su conformación nos acostumbró a la fatiga, pero innecesario e inútil para lo que vendrá.
Día de llanto y desolación para quienes hasta allí nos acompañaron, quienes con seguridad llorarán nuestra partida-encuentro, aunque bien sabido es que aquel que se queda, aquel a quien todavía le resta senda por andar, no llorará por nuestra partida, sino que lo hará por él, por el vacío que nuestra ausencia habrá de producirle y he ahí una nueva enseñanza póstuma. Amar, sentir, vivir al otro y soñar con el día del rencuentro por que también sabido es que del otro lado, más allá del río místico los estaremos aguardando, tal cual nos aguardan hoy, aquellos a quienes hace un tiempo también lloramos nosotros.
La vida es larga, muy larga para asimilar el sufrimiento, para soportar el dolor de la marcha y las privaciones ante los tiempos aciagos y demasiado corta para disfrutar, vivir y revivir los instantes de júbilo, de paz, de dicha y distensión, por ello es importante atesorar lo bueno, guardar en el corazón, bien adentro, los más caros afectos, como quien recoge en tiempos buenos y guarda en la alacena para los tiempos de privaciones. Así nos servirán los instantes más hermosos de la vida, la mejor compañía, el mejor beso, la palabra más dulce, el mejor atardecer, el vino más sabroso, como alimentos para el alma desprovista, cuando presintamos que la hora de rendir cuentas es dada. Ya no hay marcha atrás.
La obra es ahora, ya mismo, no mañana. El paso de hoy no fue el que diste ayer ni el polvo de hoy será levantado por ti mañana, por eso, ya sea bueno o malo, vivir cada día como si del último se tratara, construyendo puentes entre esta hora y la que vendrá, sabiendo que de lo que hoy hagas, mañana te pedirán cuentas y sobre todo, tratar de ser feliz, pues de ese ánimo dependerá lo que construyas y lo que levantes será ejemplo para el que arribe detrás, quien seguramente te estará observando.
Por ello no compitas, crece, madura, busca altura en la trascendencia, libre conciencia.
Somos una gran cadena de vida, cadena cuya fortaleza radica en la fortaleza misma del más débil de sus eslabones, por lo que si bien somos uno en nosotros, somos parte de un todo que se manifiesta en la gran fiesta de vida que es la Creación.

José Luis Rondán

Taller de Arte “La Guarida” del artista plástico José L. Rondán
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