Ver Nápoles y después …

La famosa frase "Ver Nápoles y después morir" (Vedi Napoli, e poi muori) es una expresión atribuida al escritor alemán Johann Wolfgang von Goethe en su obra Viaje a Italia (1789), donde quiso reflejar la imponente belleza de la ciudad tras conocerla

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Por José Luis Rondán (Redactor de ICN Diario).-

Nuestro periplo italiano nos llevó a diferentes ciudades, como Milán o Florencia,  todas ellas hermosas, cargadas de historia y habitadas por gente muy amable, pero una ciudad que me llamó la atención desde el primer instante en que puse un pie en ella, fue Nápoles y es por ello por lo que esta tercera nota se la dedicaré a ella.

Nos alojamos en la ciudad vieja; en un edificio muy antiguo y casi derruido donde cada día debíamos literalmente trepar 100 escalones entre bolsas de nailon, puertas mal trechas y paredes descascaradas, alternándose éstas con cientos de cuerdas cargadas de ropas, sábanas, toallas, repasadores, etc.

Una característica llamativa a pesar del aparente caos, la ciudad huele muy bien; huele a lejía por doquier debido a la increíble cantidad de ropas colgadas desde los edificios, secándose al sol e inundando el aire con ese agradable olor.

La primera impresión fue de un descomunal desorden en las angostas calles de la ciudad vieja, donde los peatones alternaban los estrechos espacios con rápidas y ruidosas motocicletas acostumbradas a realizar fintas entre la gente, los chiringuitos y los cientos de sillas y mesas de las diversas trattorias y una aparente violencia apenas contenida.

Bastaron algunas horas para saber que lo del aparente desorden era casi cierto (ordo ab chao), que lo de la violencia no lo era tanto y sí que interactuaban a los gritos acompañados de llamativos ademanes propios del lugar.

Por ser una ciudad eminentemente Turística los bares, restaurantes y trattorias proliferan por doquier ofreciendo heladas birras para los sedientos caminantes y exquisitas pizzas napolitanas, sumamente requeridas y disfrutables.

Pero no todo es bares y cervezas, también está la cultura y si bien fui a incontables lugares de marcado corte cultural, el sitio que sobrecogió mi corazón fue la capilla Sansevero donde puede apreciarse el mítico Cristo velado, del escultor Giuseppe Sanmartino. Maravillosa obra realizada en mármol blanco de tamaño natural donde se muestra a Cristo yacente cubierto por un velo transparente que cubre totalmente el cuerpo.

El mármol frío y duro se tornó por obra del genial artista, en sutil velo bajo el cual se aprecian las venas de las manos, las heridas de la crucifixión, la corona de espinas y los instrumentos del martirio.

Al observarlo detenidamente el visitante puede llegar a integrarse de forma tal con la obra que parece como si las fosas nasales hicieran por expandirse bajo la imaginaria tela para captar, aunque más no sea, un último sorbo de aire antes de fallecer.

La obra fue encargada por Raimondo di Sangro, príncipe de Sansevero, noble mecenas muy vinculado a la alquimia y la masonería.

También en esta capilla puede apreciarse una escultura de altísimo grado de excelencia, como El Desengaño, de Francesco Queirolo donde puede apreciarse a un hombre luchando por deshacerse de una pesada red de pesca que lo envuelve, ayudado por un genio alado.

Dicha red concebida de forma magistral está esculpida a partir de un solo bloque de mármol, el mismo bloque con que se concibió al hombre debajo de ella; siendo tan perfecta que ni los discípulos del escultor se atrevieron a pulir cada nudo por temor a romperlos, debiendo abocarse a dicha tarea el propio artista.

Según se asevera, de acuerdo con las creencias, el acto de quitarse la red dice del camino del hombre iniciado en la masonería, hacia la virtud que aguarda tras el acto de la iniciación.

Hay en este recinto una serie de estatuas maravillosas que expresan de forma velada el camino de un hombre iniciado en la mítica Orden Masónica, concebidas de puertas adentro cuando la Masonería fuera prohibida en la ciudad durante el año1751 por orden del rey Carlos VII y visibles para quien tenga ojos para ver.

Al llegar a la salida debí confrontar con un guardia para volver a recorrer el camino ya recorrido con la finalidad de volver a hacerlo; no podía alejarme de aquellas obras magníficas que dicen del genio mágico que habitaba en los escultores que las concibieron.

La tarde noche me sorprendió en un pequeño bar, bebiendo una cerveza y dejando volar la mente hacia los confines del taller de esos escultores que con su genio nos obsequiaron esculturas del nivel de las que allí se atesoran, además de inundar el salón de un fuerte contenido mítico e iniciático que no pensaba hallar en esta ciudad.

Acuarela de José Luis Rondán

Las incontables fotografías, dibujos, pinturas, parches, llaveros y estatuillas del exjugador argentino, Armando Maradona me sacaron de mis pensamientos, pues todas esas imágenes están enquistadas en el colectivo napolitano como famoso representante de la clase obrera, del humilde, del desposeído del sur italiano que encontró en este deportista un excelente representante de su idiosincrasia, aparte de ponerlos en la portada del mundo del deporte al posicionar al SSC NAPOLI en la cima del orbe futbolero de Italia durante los años 1984 al 1991.

Los napolitanos lo aman y lo sitúan al mismo nivel que su santo patrono, San Genaro, teniéndolo presente en cada momento de sus vidas.

La vida sigue, así que después de recorrer otros icónicos sitios de esta maravillosa ciudad, nos tomamos un tren y fuimos a Pompeya, la icónica ciudad cubierta por siete metros de cenizas durante la explosión del Vesubio el año 79 d.C.  pero eso se los contaré en una próxima entrega.