El crepúsculo de la imparcialidad: Alexandre de Moraes y la erosión institucional de Brasil

No es función de un juez supremo componer la política contingente del gobierno; hacerlo sienta un precedente nefasto que degrada la institucionalidad y mancilla el espíritu republicano

0
3
La estrecha relación de Lula con los jueces del STF. En la imagen con Alexandre de Moraes - Foto: Agencia Brasil

La democracia brasileña atraviesa un trance crítico donde la frontera entre la administración de justicia y el ejercicio implacable del poder político se ha vuelto imperceptible. La figura del ministro del Tribunal Supremo Federal (STF), Alexandre de Moraes, encarna de manera dramática este fenómeno. Convertido en el magistrado más impopular del país, Moraes ha dinamitado los principios básicos del debido proceso al asumir, simultáneamente y sin ningún rubor, los roles de policía, fiscal, juez y jurado.

Esta concentración inédita de facultades viene acompañada de un sesgo político inocultable. La implacable persecución dirigida contra el expresidente Jair Bolsonaro contrasta diametralmente con su abierta cercanía al gobierno de Luiz Inácio Lula da Silva. Cuando un magistrado de la máxima corte de un país se reúne a tomar café con el presidente de la República, o convierte su domicilio particular en la sede de mediación para resolver los desencuentros entre el jefe del Ejecutivo y el presidente del Senado, la separación de poderes deja de existir. No es función de un juez supremo componer la política contingente del gobierno; hacerlo sienta un precedente nefasto que degrada la institucionalidad y mancilla el espíritu republicano.

Sin embargo, el blindaje parece haber encontrado su límite desde las entrañas del propio tribunal. La creciente desesperación del magistrado responde a la firme actuación del juez André Mendonça, quien dio un paso decisivo al levantar el secreto sumarial sobre un informe clave de la Policía Federal. El documento, enmarcado en la Operación Compliance Zero —que investiga un fraude financiero multimillonario en el Banco Master—, saca a la luz comprometedoras conversaciones recuperadas del teléfono celular del exbanquero preso por fraude Daniel Vorcaro.

Las revelaciones son devastadoras para la credibilidad del tribunal. Las decenas de mensajes no solo salpican directamente a Moraes y al fiscal general de la República, Paulo Gonet, sino que sugieren maniobras de extrema gravedad, como la presunta edición de un contrato por más de 130 millones de reales entre el Banco Master y el bufete de abogados que encabeza la esposa del magistrado, Viviane Barci de Moraes. Ante la magnitud de la tormenta política y judicial, el presidente del STF, Edson Fachin, se ha visto obligado a fijar un plazo de cinco días para que tanto el ministro Mendonça como el fiscal Gonet se pronuncien sobre las presuntas irregularidades planteadas en la gestión del caso.

Lo que hoy presenciamos en Brasil trasciende un simple choque entre magistrados. Es la fractura inevitable de un modelo donde el activismo judicial desbordado termina devorando a sus propios ejecutores. Cuando la máxima instancia de justicia confunde la tutela de la ley con el favoritismo político y los negocios privados, el Estado de derecho se disuelve, dejando a la vista una crisis institucional de proporciones históricas.