¡Alerta en la rubia Albión! Los herederos del pirata Francis Drake derraman el té por el ‘atrevimiento’ argentino

Eso sí, para que a nadie le queden dudas de que defenderán la presa hasta el final, el ministro usurpador inglés remató prometiendo un compromiso “absoluto e inquebrantable” con las islas robadas. Faltaría más: un pirata puede perder los modales, pero jamás el botín

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Por Paco Tilla.-

Resulta enternecedor ver cómo a los descendientes de la ilustre tradición bucanera anglosajona se les atraganta el scone de la tarde cuando alguien osa recordarles que las cosas ajenas no se vuelven propias solo por ponerles una bandera y un buzón rojo. Acostumbrados durante siglos a navegar miles de millas para adueñarse de lo ajeno, los corsarios ingleses modernos han sentido una estocada directa en su “línea de flotación”.

El encargado de desplegar las velas de la indignación fue el ministro de Defensa británico, Wes Streeting, quien, armado con un smartphone desde la comodidad de sus oficinas imperiales, acudió al rescate del orgullo herido. “Las Malvinas son británicas porque los habitantes eligen ser británicos”, sentenció en redes sociales con la devoción diplomática de quien acaba de descubrir la democracia tras haber implantado a su propia gente en un territorio usurpado. Faltó únicamente que aclarara si los peces del Atlántico Sur también votaron en referéndum a favor de Su Majestad.

La molestia en los muelles de Londres no es casual. Javier Milei no solo les recordó la obviedad jurídica de que una población implantada no tiene derecho legítimo a la autodeterminación sobre suelo robado, sino que además apuntó justo donde más le duele a cualquier pirata que se respete: “el bolsillo”. El anuncio de endurecer penas y sanciones a las compañías que operan ilegalmente en la zona, sumado a la instalación de una base naval en Tierra del Fuego, parece haber alterado la tranquilidad de la tripulación.

Para salir del paso, Streeting prefirió despachar el duro mensaje calificándolo de simple “política interna”, como si mantener una base militar a 12.000 kilómetros de casa fuera un inocente pasatiempo ecológico y no el último suspiro de un imperio venido a menos. Eso sí, para que a nadie le queden dudas de que defenderán la presa hasta el final, el ministro remató prometiendo un compromiso “absoluto e inquebrantable”. Faltaría más: un pirata puede perder los modales, pero jamás el botín.