Por Raúl Vallarino – (Escritor y Periodista)
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El fútbol, cuando se juega a revoluciones indomables, suele dejar secuelas que van mucho más allá de los noventa minutos. La reciente consagración de España como justo campeón del mundo es un hecho indiscutible en lo deportivo. Sin embargo, lo que sí es burdamente discutible es el relato posterior que ciertos medios pretenden construir. Me refiero, concretamente, al artículo de opinión firmado por el director del diario español MARCA, Juan Ignacio Gallardo, titulado “El infame gesto de Argentina que avergüenza al mundo”. Una pieza que, lejos de analizar la realidad, derrapa en el barro de la subjetividad tendenciosa.
Quien escribe estas líneas no es argentino ni español. Nací en Uruguay, una tierra donde el fútbol se vive con una sobredosis de pasión que nos da una perspectiva única, y desde la cual he criticado infinidad de veces —tanto en lo deportivo como en lo político— el accionar de nuestros vecinos del Río de la Plata. Mi postura, por ende, carece del sesgo del fanatismo local. Se cimenta en la simple observación periodística.
La doble vara de la violencia sobre el césped
Es verdad, y sumamente censurable, que hubo episodios de violencia por parte de la delegación argentina. Negarlo sería faltar a la verdad. Pero pretender que la selección española está compuesta por inocentes “bebés de pecho” es un ejercicio de amnesia selectiva intolerable.
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Álex Baena: Llegó al encuentro con el cartel del jugador más amonestado de LaLiga (con un récord de 29 tarjetas amarillas, más una en la Copa del Mundo y justo contra Uruguay). Durante el choque con Argentina sumó un cúmulo de cuatro infracciones y, asombrosamente, se libró de la tarjeta por acumulación de faltas.
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Aymeric Laporte: Se encargó de calentar la previa del partido apuntando con el dedo la agresividad albiceleste, obviando que en su propio historial atesora una suma de golpes y amonestaciones que nadie envidia. En la final misma, no dudó en ir a golpear a Lionel Messi desde atrás.
- Y Cucurella, tapándose la boca y yendo a provocar innecesariamente a Messi.
La dureza estuvo en ambas áreas. Tratar el juego rudo como un mal exclusivo del subcampeón es el primer síntoma de un análisis defectuoso y malintencionado.
La verdad detrás de una “espalda” tergiversada
Al director Gallardo no tengo el gusto de conocerlo personalmente, pero los escritos suelen ser el espejo del rigor de quien los firma. En mi caso, como escritor y periodista que ha recorrido el mundo, pocas veces he leído un artículo de opinión donde se aglutinen tantas inexactitudes bajo una premisa tan forzada.
En su columna, Gallardo afirma de manera categórica:
“Especialmente uno, jamás visto en la historia del fútbol, y que ha provocado un descrédito de la selección argentina a nivel mundial que será muy difícil de borrar: todos los jugadores de la albiceleste dándole la espalda a la selección española cuando estos levantaban al cielo el trofeo merecidamente ganado. Es de las cosas más ruines que se han visto en la historia de los Mundiales”.
La realidad dista mucho de su alarmismo. Cuando un equipo se consagra campeón y levanta la copa, el rival que ha perdido jamás se queda en el epicentro del festejo del rival; es una ley no escrita de la empatía y la lógica deportiva. Los jugadores argentinos no dieron la espalda por desprecio ni ruindad; simplemente se alejaron del escenario montado para la celebración ibérica y se dirigieron hacia la tribuna donde se encontraban sus aficionados.
Fueron a buscar la comunión con los suyos en la tristeza de la derrota. Esos hinchas, que viajaron desde los rincones más diversos del planeta realizando sacrificios económicos monumentales para apoyar sus colores, merecían ese saludo y ese momento cara a cara. Un respeto que Gallardo, desde la comodidad de su tribuna editorial, pareció ignorar por completo con tal de alimentar la hoguera de la confrontación.
Un llamado a la ética del oficio
El periodismo deportivo no puede convertirse en un tribunal de linchamiento nacionalista cuando el resultado en la cancha ya se ha decidido. Es de buena gente, y de buenos profesionales, pedir disculpas. No a los rivales de turno, sino a un pueblo argentino que, al igual que el español, estuvo allí para acompañar con dignidad y pasión a su bandera.
El gran maestro de la ética periodística, Javier Darío Restrepo, dejó una máxima que todos los que firmamos una columna deberíamos repasar antes de que la tinta llegue al papel:
“El periodismo que dignifica la profesión es aquel que sirve a la parte más noble del ser humano y aporta a la vida de la sociedad, que impulsa cambios y hace mejores a las personas”.
Usted, señor Gallardo, con los años de experiencia que le pesan en las espaldas y el cargo que ocupa, debería saberlo perfectamente. Su artículo no dignificó la profesión; solo alimentó un rencor innecesario donde solo debió haber crónica, análisis y el festejo legítimo de los campeones.













