No conozco quién es el tal Nicolás Occhiato ni su trayectoria profesional. Escuché su apellido por primera vez tras el escándalo de la información falsa que la actriz Florencia Peña difundió sobre el padre de Lionel Messi en el canal LUZU TV. Después de eso, vino la previsible vorágine de comentarios en los medios y en las redes sociales, donde masacraron a Peña por la ligereza con la que dio una noticia inventada —vaya uno a saber por quién— desde un estudio de transmisión.
Fue en ese preciso instante donde se vislumbró el verdadero peligro contemporáneo: darle voz, micrófono y cámara a personas improvisadas. Florencia Peña no es periodista; es una figura de la farándula que carece de la formación y el rigor necesarios para discernir, controlar y, como mínimo, exigir que se chequee la información que le estaban dictando por el audífono antes de lanzarla al aire de forma irresponsable.
Ante semejante papelón mediático, vale la pena recordar una frase de ese genial e inolvidable docente de la ética periodística que fue Javier Darío Restrepo:
“En tiempos de noticias falsas, el periodismo profesional es más necesario que nunca”.
Claro que este principio fundamental no lo practican ni Peña ni Occhiato, por la sencilla razón de que ninguno de los dos pertenece al oficio.
Las explicaciones posteriores del creador de LUZU TV no hicieron más que empeorar las cosas, demostrando una vez más que la soberbia nunca es buena consejera. Con sorna, a través de la red social X, Occhiato intentó relativizar la gravedad del asunto con una liviandad espeluznante: “Se habló con las personas que se tenía que hablar, se pidieron las disculpas que se tenían que pedir y está todo bien. Y para todos los que se ponían contentos con ‘uh es el fin de LUZU’… no se cayó ninguna marca, seguimos acá y vamos a seguir yendo a los partidos”.
Si él realmente cree que “está todo bien”, se equivoca profundamente. Sus declaraciones dejan en evidencia una escala de valores alarmante: lo verdaderamente importante para su modelo de negocio parece ser que no se cayera ninguna marca anunciante; el daño moral infligido a la familia Messi y la burla a la audiencia no eran prioridades en su agenda.
Ante tanto despropósito y alarmante falta de profesionalismo, los espectadores deben encender las alarmas y comprender que no cualquiera, por el solo hecho de tener un medio de difusión o una plataforma tecnológica a mano, puede hacer comunicación de una manera tan chabacana y perniciosa. Si aspira a liderar un espacio de impacto masivo, Occhiato debería dejar de mirar las planillas comerciales por un momento y aunque no sea periodista, sentarse a leer el manual de ética periodística de un verdadero profesional como lo fue Restrepo.













