Por Juan Carlos Barreto.-
Café con trazos sigue recorriendo el país. Y en ese andar, a veces, lo que aparece no es
solo una muestra. Es una forma de trabajar.
En la Sala Saldain del Teatro 25 de Mayo de Rocha se está presentando “Gauchamar”, la
exposición de esculturas en madera de Matías Terra. Y ya desde el nombre aparece una
clave: ese cruce entre campo y mar que en Rocha no es discurso, es vida.
Terra nació en 1983, en Velázquez. Es maestro de profesión. Y en su recorrido hay algo
que se reconoce rápido: no viene de la academia, viene del hacer. Empezó de gurí,
dibujando. Después vino la madera. El ensayo, el error, la insistencia. Esculpir, tallar. Y en
ese proceso, la materia empezó a responder.

Pero no es cualquier madera la que aparece en su obra.
Son maderas que ya tuvieron vida. Poste, viga, descarte, restos de carpintería rural,
madera traída por el mar. Materiales que llegan con historia. Y ahí es donde pasa algo
interesante: el artista no las borra. Trabaja con eso. Deja que esa memoria siga estando.
La muestra está bien planteada. Las piezas respiran, tienen lugar, el recorrido funciona.
No hay acumulación ni exceso. Cada obra encuentra su espacio y eso permite ver algo
que es central en su trabajo: no hay una sola forma de resolver la escultura.
Hay piezas más cerradas, más compactas. Y hay otras que se abren, que bordean lo
figurativo sin terminar de caer en él. Como esa figura que aparece al fondo de la sala,
donde lo humano y lo objeto se cruzan sin terminar de definirse del todo.

Terra no oculta sus referencias. Hay una admiración explícita por Pablo Atchugarry, pero
también una cercanía más silenciosa con esa tradición de escultores que han trabajado
la madera desde el oficio y la experiencia. En ese cruce aparecen nombres como Wifredo
Díaz Valdéz, Octavio Podestá o Cacheiro. No desde la imitación, sino desde una forma de
entender la materia.
Y ahí es donde la muestra termina de cerrar.
Porque “Gauchamar” no es solo una suma de piezas. Es una manera de mirar. Una forma
de trabajar con lo que hay, con lo que quedó, con lo que ya fue usado. Y transformarlo
sin borrar su historia.
En tiempos donde muchas veces el arte se despega del entorno, esta muestra hace lo
contrario: vuelve a él.

Y también vale decirlo: sostener estos espacios, programarlos, darles continuidad, no es
menor. La Sala Saldain viene consolidando un camino, y propuestas como esta lo
confirman.
Y eso, en Rocha, tiene un peso particular.
Seguimos en camino.
Seguimos encontrando cosas que merecen ser contadas.
Buena jornada. Buen café.













