Maduro y el púlpito de la hipocresía: cuando el verdugo habla de “amor y reconciliación”

Maduro intenta utilizar la simbología de la resurrección de Cristo para lavar una imagen que está manchada por la evidencia de la fuerza y la usurpación. Es una ironía sangrienta que quienes ejercieron el poder mediante el miedo y la persecución política, hoy hablen de que "gana el amor"

0
6
Maduro, el falso creyente

Resulta difícil encontrar en la historia reciente de América Latina un espectáculo más cínico que el protagonizado este domingo de Semana Santa. Desde el confinamiento que su propia ambición y desprecio por la ley le labraron, el hombre que desmanteló sistemáticamente la democracia venezolana pretende ahora dar lecciones de fe. Nicolás Maduro, el mismo que durante años ignoró el clamor de un pueblo hambriento y reprimido, se ha envuelto en la bandera de la espiritualidad para lanzar un mensaje de “amor y reconciliación”.

Acompañado por Cilia Flores, Maduro intenta utilizar la simbología de la resurrección de Cristo para lavar una imagen que está manchada por la evidencia de la fuerza y la usurpación. Es una ironía sangrienta que quienes ejercieron el poder mediante el miedo y la persecución política, hoy hablen de que “gana el amor”.

El contraste entre el discurso y la realidad

Para que exista una verdadera reconciliación, debe haber primero justicia y arrepentimiento. El mensaje publicado en redes sociales carece de ambos. Aquí tres razones por las cuales su discurso es una farsa monumental:

  • La traición a los valores cristianos: Mientras Maduro invoca el nombre de Cristo, su legado en Venezuela es el de la diáspora más grande del continente, la tortura en los calabozos del SEBIN y la asfixia de las libertades individuales. El cristianismo se basa en la verdad y la caridad; su régimen se cimentó en la propaganda y el control social.

  • La captura como desenlace: No es el amor lo que ha llevado a Maduro a este punto de inflexión, sino las consecuencias de sus propios actos. Tres meses después de su captura por tropas estadounidenses, el cambio de tono no es una conversión espiritual, sino una estrategia de supervivencia política.

  • La orfandad de credibilidad: Nadie que haya visto cómo se atropellaron los caminos electorales y se usurpó la voluntad popular puede creer en un llamado al diálogo que proviene de quien solo dialogó cuando se sintió acorralado.

La victoria de la verdad, pero no la suya

Maduro afirma en su mensaje que “no gana la mentira, gana la verdad”. En esto tiene razón, aunque no en el sentido que él pretende. La verdad que se impone es la de un país que busca reconstruirse lejos de su sombra. La verdad es que las instituciones democráticas, aunque heridas, tienen memoria.

El uso de la Semana Santa para este “performance” de piedad es el último insulto a las víctimas de su administración. La reconciliación en Venezuela no vendrá de un tuit o de un video en Telegram grabado por un dictador en custodia; vendrá del restablecimiento del Estado de Derecho y de la justicia que él siempre intentó esquivar.

En este domingo de resurrección, la verdadera victoria no es la de su retórica vacía, sino la de la realidad que finalmente lo ha alcanzado. El amor no es una palabra para ser usada por tiranos; es un acto de servicio que Maduro nunca estuvo dispuesto a prestar a su nación.

El que ahora habla de paz y reconciliación, amenazaba al pueblo