Por José Luis Rondán.- (Redactor de ICN Diario).-
Viajamos a Italia con la finalidad primigenia de ver, de conocer y sumergirnos de primera mano en ese pueblo, esa cultura que tan afín a nosotros es, pues no olvidemos que fueron los tanos, nuestros queridos tanos quienes tanto aportaron junto a otros pueblos, al surgimiento de nuestro país.
Si bien nuestro cometido era llegar al Vaticano, cosa que hicimos y de lo cual compartiremos más adelante los respectivos registros y notas, iniciamos el camino por la mítica, hermosa y siempre presente Venecia, milenaria ciudad nacida como refugio en la laguna, allá por los siglos V y VI, convirtiéndose con el tiempo en una poderosa república marítima que dominó el Mediterráneo durante siglos.
Obvio que podríamos hablar de las románticas góndolas que empujadas por el remo del gondolero parecen flotar entre los estrechos canales, o del legendario Ponte di Rialto, el Palazzo Ducale, la Basílica Santa María della Salute entre otros cientos de atracciones de carácter histórico o artístico, pero cuando uno se asoma al mundo para elaborar una nota, debe optar muchas veces entre lo interesante y lo oportuno, entre lo llamativo y lo importante, entre lo obvio y lo diferente.
En nuestro periplo de tres o cuatro días por la hermosa Venecia nos topamos con una coqueta trattoria enclavada en una de las tantas callejas medievales de esta antigua ciudad; ¨LA DIVINA COMIDA¨ allí fuimos a cenar y no poca fue nuestra sorpresa cuando vimos paredes adornadas con un mate, Gardel, bandera de Uruguay entre otras referencias a nuestro país.
Ahí descubrimos que el dueño era un uruguayo, oriundo de Minas de nombre FERNANDO LUIS NAPPA GONZALEZ, quien habiendo emigrado a Europa allá por el 2004 persiguiendo sus sueños, los cuales, después de mucho laborar trabajando en diferentes lugares, siempre vinculados a la gastronomía había conseguido. Allí formó su familia junto a Ivana una simpática mujer veneciana junto a la cual enfrentó los desafíos que este tipo de emprendimiento exige.
Nos contó que después de trabajar durante muchos años en diferentes restaurantes, tanto en Italia como fuera de ella, le llegó la oportunidad de acometer el desafío de tener su propio negocio, su propio restaurante, cosa nada fácil ya que el local que le había sido ofrecido como una nueva oportunidad, había ya pasado por cinco emprendedores y él sería el sexto…
Pero la vida, según leí en la pared de un apartamento que alquilamos durante nuestra estadía, es como un espejo, sonríele, decía y ella te devolverá la sonrisa. Creo que Fernando quien se había preparado para ello, estudiando, experimentando, poniéndole garra, compromiso y mucho amor, le sonrío a la vida, logrando hacer de aquel lugar signado por el fracaso de anteriores dueños en lo que es hoy, el número UNO de los ristorantes de Venecia en 1566 ristorantes que en sus diferentes modalidades ofrecen un amplio abanico gastronómico.
Determinación, espíritu, anhelos, ilusiones, amor, tesón, necesidad; asignémosle el título que queramos, pero lo importante, lo trascendente, es que allá lejos, en un sitio al cual nunca pensamos llegar y teniendo delante exquisitos platos (de ello doy fe), un hombre oriundo de la hermosa y humilde Minas, tierra de gigantes como Morosoli, Fabini o Chalar entre otros, había plantado bandera, había desembarcado para asentar los cimientos de su vida, volviéndose de alguna manera un italiano más pero sin perder la esencia de sus raíces, cosa que nos demostró desde el primer instante en que llegamos.
Después de él en ese sitio, la mítica ciudad, sus callejas enmarañadas, escaleras por doquier y adoquines, bullicio interminable de legiones de turistas, agua, canales, barcas, cero autos y cero motos, mucha tracción a sangre y gran amabilidad.
Amigo de este camino que recién da inicio, nos volveremos a ver.










