Resulta asombroso observar cómo José Luis Rodríguez Zapatero ha decidido abrazar el papel de “bombero torero” de un Gobierno cercado por los escándalos y las alianzas tóxicas. Este sábado, en un acto del PSOE, el expresidente volvió a hacer gala de esa desconexión total con la realidad que ya es su marca personal, arremetiendo contra los pactos entre el PP y Vox calificándolos de “vergüenza”.
Es, cuanto menos, un ejercicio de hipocresía mayúsculo. El hombre que se ha convertido en el principal valedor internacional de la dictadura chavista —un régimen que ha pulverizado los derechos humanos en Venezuela— pretende ahora dar lecciones de moralidad democrática en España.
La ceguera selectiva de los pactos
A Zapatero no le tiembla el pulso al señalar a la derecha, pero parece haber sufrido un ataque de amnesia selectiva respecto a la hoja de servicios de Pedro Sánchez. Para el expresidente:
Los pactos con quienes pretenden romper la unidad de España no son motivo de sonrojo.
Las alianzas con herederos políticos de la banda terrorista ETA se despachan como meros trámites de gobernabilidad.
La entrega de la soberanía nacional a cambio de unos meses más en el poder no figura en su diccionario de “vergüenzas”.
El “derecho a trabajar” de Begoña Gómez
Pero quizás el punto más bajo de su intervención fue su defensa —tan tibia como cínica— de Begoña Gómez. La mujer del presidente, hoy imputada por presuntos delitos de corrupción y tráfico de influencias, fue retratada por Zapatero simplemente como “una mujer que quiere trabajar”.
Bajo esta lógica reduccionista, el expresidente justifica la petición de ayudas y favores que hoy la tienen bajo la lupa de la justicia. Para Zapatero, parece que el tráfico de influencias es solo una forma entusiasta de emprendimiento. Es un insulto a la inteligencia de los ciudadanos sugerir que la imputación de Gómez es un castigo a su vocación laboral, y no la consecuencia lógica de utilizar los resortes del poder en beneficio propio.
El defensor que nadie pidió
Lo cierto es que hoy, el peor enemigo del PSOE es el propio Zapatero. Su figura, totalmente desprestigiada políticamente, actúa como un imán de rechazo para el votante moderado. Cada vez que Zapatero sale a la palestra para blindar a Sánchez o a su entorno, lo que consigue es recordar a los españoles las épocas más oscuras de la crisis económica y el inicio de la polarización que hoy nos fractura.
Un gobierno que necesita ser defendido por un aliado de dictadores y un blanqueador de imputaciones es un gobierno que ha perdido el norte. Zapatero no ayuda; él es el recordatorio viviente de que, en el actual PSOE, los principios se sacrifican en el altar de la supervivencia política.












