Entre lo visible y lo oculto, una cuestión de perspectiva

Tec. Facundo O. Ordeig

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Palacio Legislativo de Uruguay (Foto: ICN Diario)

En Diciembre de 2021 ingresó a la Cámara de Representantes una propuesta que busca
realizar varios cambios a la Ley 17.515, aquella que regula la prostitución en nuestro país;
pero, ¿es necesario cambiar la normativa?

Sin lugar a dudas; al adentrarnos en la propuesta presentada desde el Frente Amplio nos
encontramos con una serie de modificaciones que en su espíritu buscan otorgar más
garantías a las trabajadoras sexuales, lo que debe considerarse un acierto pero así como
nos encontramos con esto, también nos encontramos con cambios de redacción que en los
hechos no representarán una diferencia y si bien podría hacer un aparte para referirme a
éstos, lo que debe ser puesto a consideración en esta instancia es que en nuestro
Parlamento no sólo se debe velar por las garantías de quienes recurren a la prostitución
como medio de vida, en nuestro Parlamento, y desde el Gobierno Nacional, se debe velar
por disminuir tanto la oferta como la demanda de un servicio donde el placer no sólo se
costea con dinero, sino que se costea con las situaciones de vulnerabilidad, de violencia e
inequidad de las cuales no sólo nace sino que se rodea.

Quedémonos con esto en la memoria porque si bien nos encontramos con artículos que
buscan reducir los riesgos, las presiones e incluso a las arbitrariedades a las que se ven
sujetas, la propuesta en sí misma no contempla más allá del día a día de quienes
previamente han optado por ejercer la prostitución siendo que, mientras se aumentan los
controles para evitar la violencia económica o los abusos de poder, se vuelve incompatible
con la perspectiva de derechos a la cual invocan por entenderse que cuando no se disuade
ni se acompaña a quienes piensan en alquilar su cuerpo, se preserva el consumo de los
mismos, validando a las problemáticas subyacentes por considerarsele un trabajo más,
como los legisladores de la izquierda plantean en su exposición de motivos. Por supuesto,
el disminuir tanto su oferta como su demanda no implica perseguir, criminalizar ni mucho
menos estigmatizar a las trabajadoras sexuales sino que busca atender las causas por las
cuáles se inician dentro de este negocio, brindando mejores oportunidades fuera de éste y
acompañando en su salida a cuántas de ellas sea posible, lo que sin duda representa un
desafío aún mayor que el de regular pero que debe ser el foco de nuestros esfuerzos y de
las medidas a impulsar de aquí en más; en caso contrario, no estaremos velando por los
derechos sino que estaremos velando por los intereses. La pregunta es ¿de quienes?

Porque considerando el Diagnóstico sobre Trabajo Sexual en Montevideo (2020) realizado
por el Gobierno Departamental en conjunto con la asociación El Paso, nos encontramos con
que un 61% de las trabajadoras no supera los treinta años de edad, un 77% de ellas no
cuenta con bachillerato completo y un 73% tiene al menos una persona bajo su cuidado,
datos que deben ser tenidos en cuenta con que un 62% de las mismas ha sufrido impactos
emocionales a raíz de su labor, un 48% ha debido practicar alguna actividad sin su
consentimiento y apenas un 31% asegura nunca haber vivido una situación de violencia o
de discriminación, lo que nos lleva a pensar a lo que se encuentran sometidas para poder
comer, vestirse, estudiar, pagar las cuentas, mantener a su familia, darse sus gustos,
etcétera, resultando difícil pensar que se vela por su interés con la perspectiva actual.

Perspectiva donde tampoco se atienden las causas por las cuáles una persona, en el
imaginario colectivo de quienes se satisfacen con ellas, se convierten en un objeto como
bien se menciona en la investigación Consumidores de Sexo (2011) llevada a cabo desde
la Red Uruguaya de Autonomías en el marco de la Campaña Únete de la Secretaría
General de Naciones Unidas, donde nos encontramos con lo siguiente:

“…Es cosificada, como instrumento de placer, sujeto exclusivamente a lo sexual en el mejor de los casos. De modo que poco importa la edad o el libre consentimiento que tenga la persona en situación de prostitución para realizar tales prácticas, importa la la apariencia y lo que la apariencia provoque al cliente..”
“…Los relatos relevados parecen indicar que la erotización de los varones proviene no sólo de la sexualidad sino del ejercicio del poder…”
“…Al indagar sobre el tenor de dichas fantasías encontramos que las mismas remiten a prácticas sexuales para ellos vedadas en otro tipo de relaciones, colocándolas en el terreno de lo prohibido…”
“…Los informantes concuerdan en que un motivo fundamental para la existencia de la prostitución radica en las necesidades económicas que padecen las mujeres que la practican aunque dejan la puerta abierta a otras posibilidades…”

En el contexto de la práctica, nos encontramos con características que no llaman nuestra
atención o incluso llegan a ser esperables por los estereotipos a los que estamos
acostumbrados pero si las analizamos en el marco del comportamiento sexual en sí mismo,
no sólo resulta en una práctica “insalubre” sino que comparte características con uno de los
crímenes más aborrecidos por la sociedad, el cual, no es ni siquiera necesario nombrarlo
porque cuando la cosificación y la categorización del individuo convergen con las ideas de
dominación para la consumación de un acto tabú mediante el aprovechamiento de una
situación de desventaja en donde tanto el anonimato como la autoestima son factores clave, sabemos de lo que estamos hablando. Pero esto no significa que un consumidor sea un criminal sexual ni tampoco es mi intención reforzar dicha idea aún siendo necesario el tener en cuenta ésta similaridad al momento de pensar en que sus intereses se anteponen a los derechos, los reales y no los de papel, siendo que la educación, la concientización y la visibilización, en conjunto con la disminución de las facilidades para acceder a los servicios
sexuales sería el camino más lógico para poco a poco poder revertir el daño que se ha
hecho.

Y aunque demos más garantías a las trabajadoras sexuales, en un futuro próximo nos
encontraremos ante un debate de similares características porque mientras no se atiendan
las causas, nada podremos hacer salvo responder a sus consecuencias y es por esto que
sin lugar a dudas es necesario cambiar la normativa, pero para ello, primero debemos
reconsiderar nuestra posición. Tenemos dos caminos ante nosotros, uno de ellos representa
al continuismo, el otro, representa el ser consciente de las situaciones de vulnerabilidad, de
violencia, de los comportamientos abusivos o degradantes, de las implicaciones tanto
físicas como psicológicas de la mercantilización del Ser Humano, la pregunta es ¿cuál vas a
elegir?