Existe una anomalía psicológica descrita hasta el hartazgo en la criminología: el Síndrome de Estocolmo. Ocurre cuando un rehén, tras pasar tiempo bajo el control de su captor, empieza a desarrollar un vínculo afectivo, a justificar sus actos y, eventualmente, a defenderlo. Lo que pocos se atreven a diagnosticar es que esta misma patología ha saltado de los manuales de psiquiatría a las urnas de las democracias modernas. Hoy, millones de ciudadanos padecen un Síndrome de Estocolmo político.
La manifestación más obscena de este fenómeno es la normalización de la corrupción. Ya no se trata de casos aislados o deslices administrativos; hablamos de delincuencia política organizada instalada en el corazón del Estado. Dos ejemplos geográficamente distantes pero idénticos en su matriz populista lo ilustran a la perfección: el “sanchismo” en España y el “kirchnerismo” en Argentina.
En ambos escenarios, el patrón se repite con una precisión quirúrgica. Salen a la luz tramas de corrupción descaradas, se evaporan fondos públicos que debieron ir a hospitales o infraestructuras, y las fortunas personales de los dirigentes crecen de forma inversamente proporcional al poder adquisitivo de sus votantes. La gente lo ve, lo sufre y se queja en la mesa familiar. Sin embargo, llegado el domingo de elecciones, el milagro de la amnesia colectiva ocurre: vuelven a meter la misma papeleta en la urna.
¿Cómo se explica que un pueblo vote a quienes le meten la mano en el bolsillo? La respuesta está en el secuestro emocional y discursivo.
Los aparatos de propaganda de estos regímenes logran convencer a la víctima de que el “captor” es, en realidad, su único protector contra un enemigo exterior imaginario. Bajo esa narrativa, el robo se minimiza, se convierte en un “costo colateral” aceptable o, peor aún, se normaliza bajo el cinismo del “roban pero hacen”. El ciudadano, empobrecido y asustado, termina empatizando con el político que lo esquilma, temiendo que sin él las cosas serían aún peores.
El resultado es una paradoja macabra que hace parecer que el mundo se ha vuelto loco: pareciera que mientras más grande es el botín, más sólido es el caudal de votos. La corrupción ya no penaliza; en ciertos sectores, se digiere como un rasgo identitario.
Si la sociedad no rompe este lazo tóxico con el poder y empieza a exigir decencia básica por encima de la ideología, la democracia seguirá siendo el rehén perfecto de una clase política que se enriquece a costa de la miseria general. Al final del día, el peor castigo del rehén no es el encierro, sino llegar a amar sus propias cadenas.










