
Cuantas veces nos acostamos con un problema y al levantarnos parece que hemos marchado mil kilómetros, pues el cansancio nos aplasta; el cuerpo ha perdido todas sus energías y el problema que nos aflige sigue allí, tan campante, encaramado en la parte más cómoda y segura de nuestra psiquis, haciendo que perdamos la armonía, y que muchas veces vayamos en contra de todo y todos, por no ser capaces de determinar que lo que nos mortifica es una costra, que instalada en nosotros, nos nubla los sentidos.
Cuantas veces nos sentimos inspirados por las mejores intenciones, pero los elementos de la distorsión, muchas veces imperceptibles, se van acumulando en nuestro torrente de energía, impidiendo que ésta fluya; de ahí que nos veamos enfermos, irritados y frustrados porque con seguridad al levantarnos, lo hicimos esperanzados en que ese sería un buen día para las realizaciones, pero la realidad, nuestra realidad, nos muestra otra cosa, haciendo de la jornada soñada, una porquería.
Soy recurrente al hablar de las necesidades que los seres humanos tenemos de revisar la mochila, de hacer un alto en el camino, de reorganizar nuestra carga para retomar la senda de la vida con otros ánimos, con otra expectativa, con otro ímpetu; renovadas esperanzas.
Es un tema que va en mí, que me acompaña, que fluye y se hace notar, obligándome a reiteradas paradas en el camino de la vida, para, como expresara en otras reflexiones, quitarme los zapatos, hundir los pies desnudos en la tierra, ser uno con el planeta y permitirme unos momentos para revisar la mochila, haciéndome sentir que aun puedo ser libre, que aun puedo esforzarme por sentir que estoy vivo.
Pero esta reflexión me hace inferir en que necesariamente no deben las preocupaciones ocupar siempre nuestra mente, no debemos estar en forma permanente preocupados por el orden, por la renovación; por las aparentemente quietas sesiones de introspección, donde afanosamente hacemos por encontrarnos con el maestro, sigiloso habitante de nuestro templo interior.
El estar constantemente en las búsquedas, agobia tanto como el esfuerzo por la marcha. El determinar que nuestra existencia posee un motivo de gran relevancia y que tenemos un objetivo predeterminado en el concierto universal, y buscar por ende los caminos para dar una razonable respuesta a dicha premisa, nos frustra tanto como el saber que a determinado nivel de nuestra vida, que después de tanto trajinar por los diversos senderos de la existencia, avanzando, esquivando, resolviendo, cayendo, soñando, viviendo, muriendo… nos damos cuenta un día, que estamos con las manos vacías. Ahuecado cuenco, viejo, arrugado, tembloroso y vacío; pletórico de nada. Desaprovechado recipiente, propiedad de quien tanto se preocupó por parecer más que por ser; de quien tanto se afanó por estar, más que por permanecer, de quien se ufanó del orden y la estructura, desatendiendo al desaliño de las cosas realmente trascendentes para la vida; cosas en apariencia innecesarias, pero que contribuyen a la felicidad del hombre.
Creo que en ocasiones es importante dejar fluir, ser como una hoja al viento dejándose llevar; derivar ingrávido como esa hoja que desprendida de la rama, sabe que pocas horas le quedan de vida, pero que al dejarse ir, conocerá un mundo diferente más allá del árbol, más allá del tronco, y en su derivar aéreo se permitirá saber de otras hojas al viento, que como ella, han salido a conocer el mundo, un mundo tan amplio como lo permita la duración de la corriente que la impulsa.
En La sociedad en que estamos inmersos, donde sabemos que las estructuras culturales son las que la mantienen unida, sólida y en pie; que la conformación de un sistema de normas de convivencia aceptadas por el colectivo, son las que hacen a la viabilidad de esa comunidad, está bueno en determinado momento, descargar el peso que nos encorva, dejarlo a un lado, permitirnos la licencia aunque más no sea por unos momentos, de ser nosotros mismos, de ser uno con nuestra propia esencia y dejarnos ir, dejar fluir libremente esa energía contenida por años, esa forma de rabia que como un yugo nos mantuvo en el trillo, cumpliendo, obedeciendo, asintiendo en aras de los demás, en pro de una utópica construcción social que por utópica, jamás se termina de concretar, pero que aceptamos, por estar inserto en nosotros el antiquísimo dogma de la seguridad, del grupo para la protección, de la unión para el crecimiento, y mientras tanto, transcurrimos en el sendero, cargando y obedeciendo, obedeciendo y mientras envejecemos, acarreando; de ahí la fundamentación del concepto de que a determinada altura de nuestra vida, es imperioso romper con algunos papeles, terminar con determinados esquemas y permitirnos el vuelo aunque fugaz de la hoja desprendida, misterioso y osado, que hará que por lo menos una vez en la vida, por unos instantes al menos, podamos ser nosotros mismos en nuestra más pura esencia, energía liberada trascendiendo al vehículo material, casi marchito, que hace por seguir ejerciendo de prisión hasta el último hálito.
La vida de un ser humano se constituye esencialmente, por el momento en que está realmente vivo, no sólo por el natural y reflejo acto de la respiración y funcionamiento de los órganos vitales, sino por los momentos en que encontrándose consigo mismo, reconociéndose como un individual, puede verse como un ser libre, y por ende puede permitirse el difícil acto de la auto determinación suprema. No olvidemos que la libertad, no hace libre a un hombre, simple y naturalmente, lo hace HOMBRE.
Debemos permitirnos un día, puede ser hoy, ahora y acá mismo, o tal vez mañana, pero no mucho más allá, (no olvidemos que el tiempo no espera), la sublime decisión de romper con algún esquema en apariencia férreo, quebrar estructuras que nos han embretado por años, desgastándonos, y erigirnos en rebeldes, en contestatarios; en hojas al viento que prefieren en determinado momento dejarse ir con el mundo por delante, sabiendo que al desprenderse del árbol, sellan su destino, que la savia no fluirá más por ellas, pero en cambio les será permitido en el último momento, hacerse con todas las sensaciones, con toda la experiencia, con todas las vivencias que sólo el derivar por el aire, mirando su universo desde la altura, les permitirá, pudiendo en esa acción, reconocerse como seres únicos, porque en definitiva eso somos, seres maravillosamente únicos.
Finalmente me atrevo a recordarles, tal cual lo referí renglones arriba, que la mente no siempre debe estar ocupada en la resolución de problemas, no siempre debe estar abocada a reflexiones, a cavilaciones, ella debe tener sus espacios libres, ociosos, simplemente para quedar en blanco, sin pensar ni preocuparse en nada, pues, seguramente esos momentos serán como renovado oxígeno para después, cuando esté preparada, a dejarse ir por senderos diferentes, más amigables, más propicios; aguardando a la corriente más favorable para lanzarse a los sutiles brazos del aire impulsado, y mientras deriva, decirle a todos que por fin somos libres, que el tronco, la verde rama, ya no nos tiene aprisionados, somos hoy hojas al viento, y aunque sea breve el periplo, haremos por hallar la verdadera esencia de nuestro sitio en el Universo.
José Luis Rondán
Taller de Arte “La Guarida” del artista plástico José L. Rondán
Fundado en 1981 – Ramón Masini 2956/002 – Pocitos- Montevideo, Uruguay
Tel. (598) 2708 4339 / E-mail: eltaller77@hotmail.com













JOSE LUIS RONDAN CON SU FILOSOFIA DE VIDA Y SABIDURIA BOHEMIA…NOS ELEVA POR SENDEROS DE COMPRENCION,LELTAD POR LA VIDA DE LAS VIDAS NATURALES..YYY AMOR…SIGUE ILUMINANDO NUETRO CAMINO..GRACIAS AMIGO
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