En la meca del cine, donde el brillo de las estatuillas suele nublar la vista, ha surgido una estirpe de actores que dominan el arte de la contradicción. El español Javier Bardem y el chileno Pedro Pascal, dos de los rostros más rentables del Hollywood actual, representan ese fenómeno curioso: el del artista que cosecha millones en el corazón del sistema que, de dientes para afuera, parece despreciar.
Javier Bardem: “No pertenezco a esta cultura”, pero sí a sus beneficios
La reciente declaración de Javier Bardem este viernes —afirmando que, “con todos mis respetos”, no pertenece a la cultura americana— resulta, cuanto menos, desconcertante. Si el actor español siente tal ajenidad cultural, cabe preguntarse qué hace recolectando premios, protagonizando superproducciones y estableciendo su centro de operaciones en el epicentro del capitalismo global.
El caso de Bardem roza el surrealismo cuando se analiza su activismo:
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Boicot a Israel vs. Elección Personal: Bardem pide sanciones y boicots contra el Estado de Israel, aunque la realidad es que el nacimiento de su hijo no ocurrió en una clínica pública de Madrid o en un hospital de campaña solidario. Ocurrió en el Cedars-Sinai de Los Ángeles, una institución de raíces judías conocida por ser la más cara y exclusiva del mundo.
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El confort del “Sistema”: Criticar el sistema estadounidense mientras se utiliza su red de seguridad privada de élite revela que la “distancia cultural” de Bardem es puramente retórica. El “no pertenecer” parece ser solo un accesorio de marketing para mantener su aura de intelectual rebelde.
Pedro Pascal: resistencia desde la alfombra roja
El chileno Pedro Pascal, convertido en el “padre de internet” y mimado por las grandes franquicias de Disney y HBO, sigue un guion similar. Pascal, ferviente seguidor de la izquierda chilena y crítico feroz de las políticas de Donald Trump en este 2025, utiliza escenarios como Cannes para instar a la “resistencia”.
Sin embargo, su resistencia tiene límites geográficos muy claros:
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Defensa de lo ajeno: Aboga por los derechos trans y critica las políticas migratorias de EE. UU. calificándolas de intimidantes, pero su lugar de residencia permanente sigue siendo Estados Unidos, no Santiago de Chile, ni mucho menos Caracas o La Habana.
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El silencio sobre otros regímenes: Es llamativo que estos “inconformistas” no encuentren un momento en sus giras de prensa para denunciar la falta de libertades artísticas en Cuba o Nicaragua. Si Hollywood es tan opresivo o culturalmente ajeno, ¿por qué no filmar bajo el ala del cine estatal nicaragüense?
La paradoja del “doble rasero”
La crítica no reside en que un actor tenga opiniones políticas; tienen todo el derecho a ellas. El problema es la falta de coherencia vital. Existe un evidente doble rasero cuando se ataca al “imperio” desde un ático en Los Ángeles y se desprecia la cultura estadounidense mientras se vive de sus dólares y sus privilegios.
Al final del día, tanto Bardem como Pascal son piezas fundamentales del engranaje de Hollywood. Su “rebeldía” es una marca permitida por el propio sistema que critican, una pose que les permite sentirse moralmente superiores sin tener que renunciar a la cuenta bancaria que solo el capitalismo norteamericano les puede proveer.
Si realmente el sistema estadounidense es tan detestable, la puerta de salida siempre ha estado abierta. Pero parece que el clima de California y los contratos de siete cifras son argumentos mucho más poderosos que cualquier ideología de izquierda.










