Por Raúl Vallarino.-
España amanece hoy con el corazón encogido y la rabia a flor de piel. Mientras el país intenta asimilar la tragedia ferroviaria que se ha cobrado la vida de 46 personas, el Palacio de la Moncloa parece operar en una dimensión paralela, una donde el dolor de las familias y la seguridad nacional son secundarios frente a la supervivencia política a cualquier precio.
Una cortina de humo y un peaje ideológico
No ha pasado ni el tiempo mínimo de luto cuando el Gobierno ha decidido lanzar un órdago que solo puede calificarse de provocación: la regularización masiva de 500.000 extranjeros. Esta decisión no responde a una planificación seria ni al interés general, sino a una estrategia de doble filo:
Desviar la atención: Intentar que el clamor por la falta de mantenimiento en las vías quede sepultado bajo el debate migratorio.
Contentar a Podemos: Pagar el enésimo tributo a sus socios de extrema izquierda, quienes exigen estas medidas de puertas abiertas para seguir sosteniendo el maltrecho bloque de investidura.
El límite de la decencia
Pedro Sánchez ha sobrepasado todos los límites de la decencia. Resulta insultante que, mientras las familias aún esperan respuestas sobre por qué los trenes descarrilan en España, el presidente esté más ocupado en satisfacer las exigencias de Podemos para asegurar su permanencia en el poder. Es una política de mercadeo humano en el momento más inoportuno posible.
“Gobernar no es ceder al chantaje ideológico de tus socios mientras el país llora a 46 víctimas; eso no es política, es falta de escrúpulos”.
La pregunta que se hacen millones de españoles es: ¿Hasta cuándo? ¿Hasta cuándo se va a permitir que la agenda de unos pocos condicione la realidad de todos? La sensación de abandono es total. Mientras las infraestructuras se caen a pedazos, Sánchez prefiere mirar hacia los despachos de sus socios radicales para firmar decretos que solo buscan ganar tiempo.
No se puede ser tan inconsciente. No se puede usar una tragedia nacional como escudo para colar una agenda migratoria impuesta por la minoría más ideologizada del Ejecutivo. La historia recordará este momento por la frialdad de un líder que prefirió salvar su coalición antes que dar la cara ante una España que se desmorona en las vías.













