La doble cara de Sánchez

Este cinismo institucional se manifiesta con especial crudeza en el desprecio absoluto por los contrapesos democráticos. Al igual que en los regímenes populistas de corte autoritario que han devastado democracias en América Latina, como el de Maduro y Delcy Rodríguez, el sanchismo opera bajo una premisa inequívoca: el Estado soy yo y las instituciones están a mi servicio

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La lapidaria sentencia de Arturo Pérez-Reverte en El Hormiguero —«Zapatero era tonto y se hizo malo; Pedro era malo desde el principio»— no es solo un dardo retórico; es la radiografía exacta de un modelo de gobernanza fundamentado en el cinismo patológico.

Mientras que en otros momentos de la historia democrática los líderes políticos buscaban maquillar sus contradicciones o justificar sus giros de guion, el actual Ejecutivo ha elevado la amoralidad a la categoría de alta estrategia. En la España actual, la mentira ya no es un recurso de emergencia; es la arquitectura misma sobre la que se sostiene el poder.

Este cinismo institucional se manifiesta con especial crudeza en el desprecio absoluto por los contrapesos democráticos. Al igual que en los regímenes populistas de corte autoritario que han devastado democracias en América Latina, como el de Maduro y Delcy Rodríguez, el sanchismo opera bajo una premisa inequívoca: el Estado soy yo y las instituciones están a mi servicio.

La colonización de la Fiscalía General, el asalto al Tribunal Constitucional y la impunidad con la que el presidente niega la corrupción que asedia a su entorno más cercano revelan una psicología política implacable. Como señalaba el propio escritor, se trata de un «pistolero implacable» que «está vendiendo hasta a su abuela» con tal de sobrevivir un día más en el Palacio de la Moncloa.

El verdadero peligro para la democracia española no radica únicamente en las leyes que se reforman a la carta de los socios del Gobierno, sino en la destrucción del tejido moral del país. Al adoptar tácticas de polarización extremas —construyendo muros ideológicos donde la mitad de los españoles son deshumanizados bajo la etiqueta de «fascistas»— se anula la posibilidad de cualquier buen consenso.

La gestión de Pedro Sánchez demuestra que la falta de escrúpulos y el descaro político resultan altamente eficaces para perpetuarse, pero dejan a su paso una democracia anémica, con sus instituciones desacreditadas y una ciudadanía profundamente fracturada.