
En nuestro país es tradición por ejemplo ingerir yerba mate, acto transformado por el criollo en una especie de ritual a través del cual llega incluso a hacerle saber a alguien de la satisfacción o no que le provoca su presencia. Dicha yerba se ingiere en estas latitudes desde hace aproximadamente treinta mil años y hoy por hoy, en relación a la cantidad de población por país, Uruguay es el país que más yerba mate consume.
Otra tradición por ejemplo es la Semana Criolla, momento en que según rezan los afiches de propaganda, el campo viene a la ciudad y allí los jinetes prueban sus cualidades como tales, montando cabalgaduras bravas, las cuales en sus alocados corcovos harán por deshacerse del hombre para regocijo de los espectadores y protestas cada vez más novedosas de los ambientalistas, quienes aseguran que las bestias no son precisamente los caballos.
En España o México una muy arraigada tradición es la corrida de toros, tan denostada últimamente por los cada vez más numerosos grupos de protectores de animales. Como dictan los slogans, Tarde de Sangre y Toros, para satisfacción de los amantes de esta brutal tradición, o los encierros en Pamplona, de los cuales fui excitado e imprudente participante hace algunos años.
Podríamos seguir por horas hablando de las diferentes tradiciones que de una u otra manera identifican a los distintos pueblos, ya por religión o por sucesos que marcaron culturalmente a la comunidad desde su nacimiento, o por una manera de celebrar una cosecha, un evento natural, la imposición de un líder o la expulsión de invasores, etc.
Pero hoy deseo reflexionar sobre una tradición que desde que era niño se fue amalgamando a mi ser, a mis manera de ver, pensar y vivir determinada época del año, y que me permite atesorar un período hermoso de mí vida, siendo ella la noche de Reyes, donde la tradición religiosa asegura que Melchor, Gaspar y Baltasar, tres monarcas de tierras lejanas, guiados por la estrella de Belén, arribaron con obsequios al humilde pesebre del niño Jesús recién parido, demostrando con esta acción el sometimiento de los poderosos terrenales, al poder divino del niño que arropado en heno y entibiado por el aliento de las bestias domésticas y bajo la atenta mirada de sus progenitores humanos, dejaba adivinar su grandeza para salvación de la humanidad.
Cuantas veces pasaba la noche recogiendo pasto y poniendo agua para mitigar el cansancio de los camellos, o por estas latitudes, como decía mi madre, de los caballos, a cuyos lomos transportaban de una manera que no podía entender, cientos y miles de juguetes para los niños del mundo, un mundo que para mí se reducía al barrio y tal vez un poco más allá, puesto que no sabía de océanos y continentes y en mi infantil cerebro no cabía la cifra de miles de millones, ni de grandes extensiones.
Cuantas veces pasé junto a mi madrina observando el cielo estrellado para desde la imaginación de niño, adivinar la marcha cósmica de esos tres magos de Belén, quienes gracias a su increíble capacidad lograban en sólo una noche, la notable alquimia de llevar felicidad a todos los chicos de la tierra, fueran o no cristianos.
Dormir con un ojo abierto, aceptar los hechos más locos esgrimidos por nuestros mayores para conformarnos a dejar la sala e irnos a nuestro cuarto so pena del alejamiento irreversible de los místicos visitantes.
Despertarnos con las primeras luces, correr a la sala, sorprendernos con el balde vacío y el pasto esparcido. Escuchar el murmullo sabio de los que habían vivido más. -¡Se ve que traían hambre…y también mucha sed!- Romper nerviosamente los papeles coloridos para ir descubriendo los obsequios. – ¡Patines! ¡Me trajeron patines! – ¡A mí un tren, y una pelota de mí cuadro!…Y así los minutos iban pasando sin preguntarnos cómo podían hacerlo y descubriendo recién cuando fuimos grandes y pasamos a ocupar el sitio de los magos de Belén, ese nudo que se forma en la garganta cuando ves a tus niños en el instante único e irrepetible de la sublimación más pura del estado de la inocencia.
Mucha gente asevera que esta tradición alimenta una mentira innecesaria, desvirtuando para beneficio del consumismo, una alegoría religiosa; pero creo que ella de alguna manera nos hace volver al ayer, a cuando éramos pequeños y la magia de las palabras iban de la mano de la pureza del alma, y donde el espíritu daba rienda suelta a la emoción ante la auspiciada visita de los tres peregrinos cargados de obsequios. Status éste que el tiempo va erosionando, va desdibujando como los rostros milenarios de las antiguas esfinges, endureciéndonos, volviéndonos desconfiados, inquisidores; llevándonos de la mano, casi sin mirarnos, mientras sin percatarnos de lo que vamos perdiendo, nos vamos haciendo mayores, vamos develando el misterio, vamos adquiriendo conciencia hasta que por diferentes vías, conocemos el secreto acerca de quiénes eran los reyes y todo lo que laboraban para que en verdad esa noche, a pesar de las limitaciones económicas, fuera realmente mágica.
El último seis de enero fue el primero en mis cincuenta y tantos que en mi hogar no hubo magia de Reyes Magos. Mis hijas se habían ido a la Pedrera a veranear, mi hijo descansaba después de una maratónica jornada de video juegos y porque molestaba, el arbolito de Navidad había sido desmantelado dos días antes, es decir, hicimos desaparecer el sitio de referencia donde los magos debían dejar los obsequios, por ello seguramente, este seis de enero, al no haber árbol ni zapatos, no hubo tampoco nadie alborotando la mañana para despertar a todos, para darles la noticia de que los reyes ya habían pasado dejando obsequios.
Fue la primera vez que no escuchamos risas en la casa, ni exclamaciones de júbilo, ni el ruido de los papeles rasgándose, por lo que parados en la sala y mientras nos tomábamos de la mano, con un beso le dije a Pilar, felices reyes mi amor. Fuimos testigos esa mañana de como la vida moderna iba diluyendo otra más de las tantas tradiciones que los nuevos tiempos han ido tachando de la lista, borrando de las páginas amarillentas de la vida de los hombres, tal cual ha ido borrando el abrazo, la mesa del domingo, el círculo sagrado que antes conformaba la familia.
Quizás algún día con la llegada de los nietos, los más jóvenes se vean movidos a retomar la tradición para de alguna manera poder ellos mismos permitirse la alegría de revivir aquellos días no tan lejanos en que en la oquedad de sus manos pequeñas cabía toda la inocencia del planeta.
José Luis Rondán
Taller de Arte “La Guarida” del artista plástico José L. Rondán
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