La soledad (reflexiones de José Luis Rondán)

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José Luis Rondán
José Luis Rondán
En este mundo de plástico y en apariencia gélido que constituye el S. XXI, creo que es hora que comencemos a preguntarnos porque nos sentimos tan solos, tan desvalidos, tan abandonados, tan lejos de aquellos seres que debieran amarnos, que debieran, desde nuestro punto de vista, por determinado motivo, estar preocupados por nuestras vidas.
Estimo que es la hora de plantearnos la interrogante de porqué habitando en una sociedad multitudinaria, pletórica de almas, la nuestra vive y lucha en un páramo.
Cuántas veces hemos visto en la TV una persona que llega a su casa en penumbras, en silencio absoluto, abre la puerta, enciende la luz, la cual por lo general es mortecina, arroja despreocupadamente las llaves sobre un bargueño, se desviste a medias, corre las cortinas, enciende el televisor, en cualquier canal, eso es intrascendente; va hasta la cocina, abre la heladera, retira de ella una cerveza fría y después, quitándose el calzado, los pantalones o la pollera, según sea el caso, se va al dormitorio procediendo a darse un baño reparador. Seguramente tuvo un día agotador.
Nadie sale a recibirlo, nadie alborota, nadie le cuenta acerca de sus problemas y si posee una mascota, por lo general es un gato, el cual no le hace fiesta, por el contrario, huye despavorido por la ventana ante la presencia del humano.
Siempre me han dado mucha pena este tipo de instancias escénicas que nos muestran a una persona moderna que hoy por hoy, lamentablemente trasciende a la pantalla y se sitúa justo a nuestro lado, justo en nuestro edificio, justo en….¡Caramba!…¡Somos nosotros representando un papel real!
Así la cosa, en el siglo de las comunicaciones nos encontramos un buen día, casi sin darnos cuenta, que somos nosotros ante nosotros mismos, y nadie más, por ello la imperiosa necesidad cuando entramos en la casa, de encender rápidamente la TV, o la radio, para que haya allí alguien que nos hable, que emita un sonido regular, monótono, hablando de una moda, un shampoo o un clima al que nadie le interesa.
Hace poco, al subir a un bus, pude contabilizar a no menos de veintitrés personas hablando por el móvil, enchufadas, escuchando música, hablando en alta voz con alguien, con cualquier alguien, molestando, invadiendo fastidiosamente, participando a toda la gente en su entorno de una charla a quien nadie le interesaba pero que inevitablemente todos escuchábamos, mientras un desafinado músico callejero se deshacía en irregulares notas para que alguien notara su presencia, y de esa manera poder rescatar algunas monedas.
Me puse a pensar en esa instancia psicológica donde el individuo se aferra a todo aquello que lo haga sentir vivo, vivo porque respira, no porque genere cosas para su elevación como ser humano.
Donde el ser mantiene encendido su radar como para poder conectarse con cualquiera que le haga sentir algo, aunque ese cualquiera lo aliene, lo minimice, lo perjudique; no importa, alguien se interesa por él y con ello basta, aunque el resultado sea el fracaso, la miseria, el dolor y lo que es peor aún, una soledad aún mayor, aún más profunda que cuando generó esa supuesta buena relación; por lo menos se habrá hecho de un nuevo material de charla para su próxima nueva relación, ya que el tema en definitiva, es no comprometerse, es no permitir que los vínculos entre pares, haga carne, se fije en el cuerpo, en la mente, y los que es más caro, en el corazón; ante esto, el precio es la necesaria soledad.
Acto seguido y observando a mi entorno, pude apreciar que cada uno buscaba su abrigo personal en un escenario diferente; cada uno en su mundo, cada quien en sus cosas, más individualistas que nunca, sin saber y sin importarle que cosa sentía o pasaba por la cabeza de quien marchaba a su vera.
También pensé en que la gente, más allá de la necesidad de relacionarse con sus semejantes, no sabe qué hacer con sus miedos, con sus frustraciones, con sus debilidades, con sus angustias, con la responsabilidad que emerge de una relación que pretende ser seria y estable, sobre todo en el entendido que uno no construye una relación sobre dichos cimientos.
De esta reflexión me surgió la idea de que para muchas personas es mejor juntarse y generar algo más o menos real en base a las falacias, en base a la hipocresía; evitando la desnudez del hombre cuyo pecho de cristal permite a sus interlocutores observar en su interior y saber de primera mano realmente quien es, y cuáles son sus intenciones. Esta situación, en apariencia de debilidad y exposición, termina por ser envidiada, ya que ese individuo que se ha mostrado, que ha puesto a disposición de todos, su mochila abierta y con ella su carga, marchará de ahí en más ligero de equipaje, en cambio el resto, todavía deberá seguir andando con sus problemas al hombro.
La soledad es un tema no menor que por las patologías que causa, dan de comer a muchos profesionales de la salud, pero analizándola en detalle, creo que ella surge por la imposibilidad del ser humano de dominar aquellas instancias donde deba encontrarse consigo mismo, donde en la más absoluta soledad física, se disponga a entablar una larga charla con el maestro que le habita, que nos habita a todos y del cual mucha, muchísima gente no sabe nada o simplemente se resiste a conocer.
La cámara donde reside ese ignorado habitante es circular, no posee rincones, carece de recovecos y por ende, no hay donde ocultarse y necesariamente, al disponernos a charlar con él, nos veremos las caras y sabremos uno del otro las cosas más íntimas, más secretas, más delicadas, pues él no es otro que nuestra conciencia y por ello la tan mentada soledad; porque algunos seres humanos le temen o desconocen ese tipo de relación profunda que sólo con uno mismo o con los verdaderos compañeros de ruta se puede tener.
Cuando uno se relaciona con otras personas, obviamente que siempre debe tener algún reparo, que siempre debe ser precavido o mesurado; no abrir su pecho de par en par, pero también es importante saber que en ocasiones estas medidas nos privan de conocer a verdaderos buenos seres humanos, los que quizás mucho bien podrían hacernos y de los cuales podríamos aprender mucho, ya que son poseedores de un bagaje importante y además están deseosos de compartirlo.
Sólo debemos guiarnos por la intuición, esa especie de cerebro que nos habla, nos alerta y pretende guiarnos ante aquellas cosas que aun no habiendo ocurrido, que estando para suceder, él ya sabe cómo se desarrollarán, y que aun avisándonos, tironeándonos de las entrañas, nos empeñamos en desobedecer, lamentándonos luego y alegando que es por ello que estamos solos, solos, solos.
José Luis Rondán