Reflexión para el humano – este vehículo en que habito (Por José Luis Rondán)

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José Luis Rondán (Foto: El Espectador)
José Luis Rondán (Foto: El Espectador)
Mis temas referidos a la vida-muerte-vida, suelen ser recurrentes, ya que quienes han tenido la oportunidad de leer alguna de las reflexiones publicadas en este medio, se habrán percatado que suelo abordar tal situación por entenderla como parte importante y meta ineludible en este sendero al que llamamos vida y que irremediablemente debemos trasegar para el crecimiento interior.
El mirar de frente el proceso de envejecimiento del cuerpo, nos da la posibilidad de decirle al espejo que nos muestra cada mañana, algo encorvados, con poco cabello y la piel arrugada, que ese no somos nosotros; que ese que se refleja allí, en ocasiones de buen ánimo y en ocasiones enojados con la vida por la situación en que nos ha colocado, es solo la triste y natural imagen de un vehículo material; sólo útil para trasegar por este espacio tangible, limitado y finito que es el planeta tierra, y que con total seguridad, puedo afirmar que funcionará hasta el último instante del último día en que debamos usarlo.
Cuando tengamos que mirarnos al espejo, hagamos un simple ejercicio, no miremos la piel, ni los dientes, ni las arrugas en el cuello o en el entorno de los ojos, ello es una instancia meramente circunstancial, muy cercana y presente, pero pasajera, miremos dentro de los ojos, bien al fondo, sabiéndolos las ventanas del alma, permitiéndonos el honor de descubrir al verdadero peregrino, al que nos habita; el yo profundo que hace su tarea para la superación, para la trascendencia, en silencio, mientras la parte más superficial de nosotros se debate en pequeñeces; en aquellas cosas que aunque cotidianas, nos pesan, nos agobian y nos hacen sentir pena por nosotros mismos ante otros espíritus recién llegados, ocupando sus transportes más nuevos, más firmes, más ágiles y sin dolor en las articulaciones.
La experiencia de vivir es magnífica, es irrepetible en cuanto que cada vez que tengamos la sacra experiencia de hacerlo, jamás recorreremos los mismos senderos y si debemos hacerlo, seguramente no será enfrentados a las mismas situaciones, ya que al ser obligados a nuevas experiencias ellas oficiarán de aula, maestro y tarea para la posibilidad de ascender en la gran escalera de caracol que se levanta allí para todos y cada uno de nosotros, aunque habitualmente neguemos su existencia.
Esta escuela es sabia en cuanto nos prepara desde el primer instante para las pérdidas, pues por lo visto, son ellas la base o punto de partida para intentar la evolución, el crecimiento, la trascendencia. No se crece desde la comodidad y si desde la aflicción. Vean sino al hierro candente, como se va transformando sobre el yunque, adquiriendo formas diversas a las originales, a consecuencia del calor del fuego y los duros golpes del mazo, aplicados certeramente por el herrero de la existencia.
Perdemos en cada instancia, con cada vida, nuestro estatus de espíritus superados, para volver a habitar el templo prisión de la carne; perdemos nuestro aparente abrigo en el útero materno para enfrentar llorando un entorno que o bien desconocemos y por ello el llanto o bien recordamos muy bien y dadas las experiencias…Por ello el llanto.
Crecemos, luchamos, sufrimos, reímos, compartimos, nos alimentamos, hacemos el amor, nos reproducimos, maduramos, envejecemos; nos vamos formando en el duro oficio que implica ser un ser vivo y consciente de su posición de cara al Universo inmenso, inconmensurable.
Nos aferramos de alguna manera a nuestros compañeros de ruta; madre, padre, hermanos, amigos, hijos, creyéndonos y creyéndolos inmortales en la forma física en que nos fueron presentados, perdurables hoy, mañana y más allá en el tiempo y al verlos marcharse, abrimos de par en par los ventanales de nuestro templo interior para dejar entrar en él, salvajemente, la fría borrasca de la soledad, el gélido viento de los pesares, las tristezas y la angustia por la pérdida irremediable de la huella que ya no compartiremos, de los ojos en los cuales ya no podremos leer los momentos hermosos que discurrieron, y solo cuando el maestro interior logra reordenar la habitación convulsionada, volvemos a nuestro cauce, a la resignación, sabiendo que alguien en algún instante también se verá convulsionado por nuestra partida, y que también esos eventos formarán parte de las enseñanzas; de ahí obtenemos la entereza, de ahí nos es dada la madurez, la dignidad, la humildad y la capacidad hermosa de no olvidar el calor de quien estuvo a nuestro lado, tantas veces como alumno y tantas como maestro.
Miro a mis seres amados y por la conciencia que de esta situación tengo, trato de abrazarlos, de amarlos, de atesorarlos cuanto pueda para intentar por lo menos, pobre humano, recordarlos, retenerlos junto a mí, cuando ya ligero de equipaje, me sea dado subir otro peldaño, alejándome de ellos.
Cuando veo transitar por la casa a esos hombres y mujeres casi desconocidos que hace un tiempo tuve entre mis brazos, que hasta ayer acunaba o les enseñaba a dar sus primeros pasos y a los que llamamos hijos, sólo el saber que son espíritus que al igual que yo trasiegan los senderos de la vida, que al igual que yo hace un tiempo, en otras épocas y hoy, buscan encontrar la esencia de su existencia, trepando escaleras, tropezando, aprendiendo, mitigan el desconcierto que por momentos se produce en mi corazón por la fatiga de la marcha y por percibir como con cada nueva experiencia, con cada nuevo cometido, necesariamente se van apartando de mi lado; ellos individualmente tienen sus cometidos a cumplir y no siempre me involucran.
Qué lejos están aquellos días en que junto a mi padre y hermanos armaba los tejados en un pueblo costero de la antigua Grecia mientras la brisa del mar me curtía el rostro, y que lejanas parecen las interminables caminatas que alejado de los centros urbanos realizaba por la campiña del mediodía francés. Aun veo en la memoria, escondido detrás de las grises rocas, las extensas columnas de caballeros trasegando Europa, y aún recuerdo cuando parado junto a las grises empalizadas del poblado, asistía a las reuniones de unos hombres llamados Cátaros, quienes confrontaban duramente con los curas cristianos.
Al momento de escribir estas líneas me he puesto a pensar en el deseo inmenso que seguramente tendré cuando en un tiempo lejano, en un tiempo que no será este, y habitando un cuerpo diferente, trate de recordar a los hermanos de hoy tal cual lo hago con los de antaño, a mis hijos, a mis amores, y lo feliz que habré de ser si puedo al menos recordar uno de esos espíritus, y más aún si puedo tal cual me ha pasado en estos días, que alguno de esos antiguos compañeros de vereda, haya vuelto para recorrer un nuevo tramo juntos.
Sublimemos la amistad, juntemos nuestras energías y hagamos el íntimo esfuerzo para que al marcharnos, podamos algún día, en cualquier rincón de la vida, en cualquier tiempo por venir, reconocernos en un bar, en una trinchera, en la escuela, y sin saberlo, estrechar sus manos al tiempo que decimos.- Me parece que te conozco de toda la vida… o simplemente, te conozco de algún lado…
José Luis Rondán
Taller de Arte “La Guarida” del artista plástico José L. Rondán
Fundado en 1981 – Ramón Masini 2956/002 – Pocitos- Montevideo, Uruguay
Tel. (598) 2708 4339 / E-mail: eltaller77@hotmail.com