Un lugar en el planeta (reflexiones de José Luis Rondán)

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José Luis Rondán (Foto: El Espectador)
José Luis Rondán (Foto: El Espectador)
En plena Era de Acuario, Era de propuestas holísticas, de planteamientos espirituales, de sensaciones y experiencias encontradas a este respecto, donde el hombre pretendiendo dejar atrás la Era de Piscis, se ha lanzado con esmero a bucear en las profundidades insondables de los laberintos más íntimos, tratando de desentrañar desde una nueva óptica las interrogantes referidas a la vida y a la muerte, de los cómo y los porqué de su permanencia en esta nave sideral y que lo han desvelado desde sus albores en ella, nos encontramos en un camino incierto, de búsquedas no siempre bien orientadas, de búsquedas casi desesperadas por hallar al dios perdido, a la deidad depreciada, al avatar diluido y ya extraviado en la oscuridad de los tiempos, donde el rito y el ritual casi han perdido vigencia y el hombre, abrazado, inundado por la materia, hace por entender la aparente pequeñez de su existencia y la participación que le cabe en el concierto Universal donde pregona tozudamente su parecido físico al dios que lo creó, pretendiendo compartir naturaleza y destino.
Ha emprendido la humanidad, hace ya tiempo, una marcha forzada partiendo desde su propia estatura, dejando de lado en el avance de prisa y sin disimulo, a los dioses y diosas de antaño, a los que les dieron fuerza y vigor, a los que les aportaron doctrina y esperanzas, a los que les proveyeron de la luz que ellos no tenían, a los que cargaban de alguna forma y desde la imaginación y fortaleza de cada comunidad, por sus características y particularidades, los morrales donde se llevan las limitaciones y las miserias humanas que por momentos tanto nos pesan, haciéndonos ver cuán miserables podemos llegar a ser de no esforzarnos en la superación.
De eso se trata esta reflexión, de la marcha hacia el reencuentro con nuestros orígenes, del volver sobre los pasos que pensamos diluidos en la senda polvorienta de un camino que por rutinario, comenzó a pasar inadvertido bajo nuestros pies, apartándonos de esa búsqueda innata, natural del ser humano que sabe que sin esa pequeña flama que le da vida a los silenciosos pasillos de su templo interior, estará irremediablemente vacío.
El último vestigio de la nocturna hoguera se fue extinguiendo a medida que la mañana avanzaba, mientras el último hilo de humo subía hasta las altas copas para fundirse en ellas, haciéndose uno con las gruesas nubes de aquel último día de un invierno que se despedía con una pertinaz llovizna. Desde temprano entre mate y mate el trajín del grupo lo abarcó todo, las carpas fueron desmontadas, las piedras fueron colocadas conformando el círculo sagrado y el laberinto central, los pendones desplegados, el altar fue cobrando vida a través de los frutos de la tierra, el fuego, la caracola con el agua del bautismo y las pociones mágicas.
El aire se fue llenando de a poco de la energía de la tierra milenaria del San Antonio, la que esa mañana se habría a nosotros, al clan del círculo sagrado, para permitirnos realizar en su seno el ritual de Ostara, ritual de bienvenida, renovación y surgimiento por el equinoccio de primavera.
Quienes lean estas líneas y no sean coterráneos, se preguntarán que hacen estos hombres y mujeres en un lugar perdido de la América del Sur, en un pequeño país con forma de corazón, con balcón al mar, reviviendo añejos festivales celtas, y yo habré de responderles que los ancestros llaman porque no saben de países ni fronteras, que los antiguos druidas convocan a la reunión desde sus sitiales en las altas frondas, desde sus míticos altares entre las viejas piedras, y allí vamos para retomar la marcha desde donde estemos, haciéndonos eco del ancestral llamado. Allí le damos vida, energía y fuerzas a una ceremonia a través de la cual procuramos encontrarnos con nosotros mismos, reavivando la hoguera de nuestros orígenes, donde intentamos que el siglo XXI se diluya bajo nuestras plantas para dejar aflorar al viejo humano, al de la intuición a flor de piel, al guerrero temerario dispuesto a mirar a la cara a Caronte, al del alma abierta a las decisiones del oráculo o las señales de la naturaleza, al que vivía en armonía con su entorno sabiéndose parte trascendente de él; adormeciendo por unas horas el llamado metálico del teléfono móvil, olvidando en la guantera del auto estacionado lejos, computadoras, recibos, contratos, cheques, compromisos y pensamientos urbanos para vivir y revivir antiguos misterios ante el llamado a la preparación para el ritual, voceado por el bardo Alfonso, parado gallardamente entre la maleza, esgrimiendo su imponente báculo y haciendo abrir con su palabra el corazón de los asistentes para que comprendieran la propuesta y con la conciencia despierta se sumergieran en ella.
Después la marcha de la columna silenciosa, expectante, entre añosos árboles y fangosas sendas, para acceder al templo a cielo abierto, circulo sacro donde se armonizan los elementos para dar vida al rito; el fuego del bardo Jorge y el agua y la palabra del bardo Xavier, el orden impuesto por la firme voz del bardo Alfonso, la dirección de la ceremonia por parte del druida Josephius y las almas unidas, vivas, fortalecidas por la vieja invocación: CAMINO LA TIERRA COMO AMIGO, JAMAS COMO DUEÑO; CAMINO TU VIENTRE MADRE MÍA COMO VISITANTE, PEREGRINO, JAMÁS COMO PROPIETARIO; NUNCA TERRATENIENTE, SIEMPRE HIJO… Durante y después, la música suave, espiritual de los bardos Selma y Rubén, nos transportan, nos elevan, nos acarician.
El ritual transcurre, se desarrolla entre invocaciones, plegarias y meditaciones; revive la esencia de lo que pensábamos perdido, los pechos se inflaman expulsando suspiros, los ojos se cierran, las mentes se abren, las manos unidas, atenazados dedos formando cadena entorno al círculo mágico, Miguel, Pilar, Mercedes, Gloria, Gabriel, Valentina, Osvaldo, Fernando, Margarita, Ernesto, Rosa, y muchos más. La energía que se expande, que se apodera de los recovecos del alma, que lo invade todo y el espíritu sin edad de aquellos viejos chamanes que al terminar el ritual y mientras nos marchamos en paz, aun nos acompañan, haciéndonos pensar cuanto de ellos habita en nosotros y que por el apuro, por las modernas urgencias que nos privan del amigo, de la mesa compartida, de la ceremonia, pretendemos olvidar.
Un nuevo ritual ha quedado atrás como el equinoccio vernal, la fiesta de Samael, la noche de San Juan, etc.; otros vendrán según la época y con seguridad nos hallarán aquí en esta tierra sagrada del hemisferio Sur, pletórica de energía, bañada por el océano Atlántico y recostada a las sierras que un hombre puso por nombre Heliópolis y la voluntad popular le asignó por nombre Piriápolis y que de quererlo, podrán encontrar en el mapa, allí debajo del gigante Brasil y a un lado de la extensa Argentina, latiendo, viviendo, desbordando por sus pedregosos poros la energía buena que hace de este sitio en la piel del planeta, uno de los mejores lugares para transformarse en peregrinos camino de la luz y del reencuentro con uno mismo.
José Luis Rondán
Taller de Arte “La Guarida” del artista plástico José L. Rondán
Fundado en 1981 – Ramón Masini 2956/002 – Pocitos- Montevideo, Uruguay
Tel. (598) 2708 4339 / E-mail: eltaller77@hotmail.com