Seres individuales (reflexiones de José Luis Rondán)

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Cuando ponemos atención a nuestro entorno, las circunstancias nos hacen ver el mundo de manera diferente; vemos cosas que seguramente transcurren diariamente, se desarrollan con gran asiduidad pero que discurren sin tocarnos, sin inmutarnos, sin llamar nuestra atención hasta que un día, vaya uno a saber porque circunstancias algo nos roza llamándonos la atención, algo toca el botón de alarma de nuestro inconsciente para decirnos que vamos junto a, o que somos parte de, o que estamos en…Y nos sorprendemos con cosas tan cotidianas como el amanecer, o los cambios lunares, o con un montón de trapos sucios y andrajosos arremolinados sobre un cuerpo flaco y maltratado, tan gris como la calle por la que solemos pasar.
Hace poco iba en el auto con destino a mi trabajo. Lloviznaba. La mañana estaba gris y el viento lastimaba los ojos de los transeúntes, quienes apurando el paso procuraban llegar al relativo abrigo de la parada o alcanzar el bus que los llevaría a sus ocupaciones. La luz del semáforo me hizo detener la marcha; por delante comenzaron a pasar casi corriendo algunas personas enfundadas en pesados abrigos de lana, gorros y bufandas.
Otros autos se detuvieron junto al mío, miré a los ocupantes y percibí en el interior de aquellas cabinas con calefacción, de metal y vidrio, la viva imagen del hombre de hoy, tan abrigado, tan a cubierto como solitario e individualista.
Los vidrios empañados desdibujaban la imagen de esas personas, algunas fumaban o hablaban por el móvil, otras miraban indiferentes a los diferentes, a los de a pie que hacían por sortear algún charco o apresuraban la marchar para ganarle al cambio de luz; cada uno en su mundo, en sus cosas, alejados casi por completo de su entorno.
Bajé el vidrio un momento para romper el ambiente del interior del auto; la llovizna comenzó a colarse, así como el pertinaz viento. Sentí todo el frío en el rostro, pero también sentí todos los sonidos que venían encaramados a la llovizna y al viento. Las bocinas, los motores, las risas, los gritos, los cascos de un caballo cansino arrastrando un desvencijado carro cargado de botellas y cartones; el ladrido lejano de unos perros y el estruendo de dos autos al chocar entre sí por no respetar las señales de tránsito pretendiendo llegar más rápido a cualquier lugar.
Si bien el accidente rompió la armonía de esa urbana sinfonía mañanera en acordes de soledad, individualismo e indiferencia, nadie bajó de los autos chocados, nadie se arrimó a la ventanilla para saber del otro, para verificar si había heridos o si se requería asistencia médica. Adentro los asustados conductores hacían por contactar a sus abogados, al seguro, pero de ver si la imprudencia había dañado al otro, nada.
Ante la pasividad manifiesta de esos seres desinteresados el uno por el otro, pensé en mis hijos y los hijos del mundo navegando Internet durante horas y horas, haciéndose amigos de un voz sin forma, sin figura, y de cómo de a poco van entornando las puertas de la casa, aislándolos, cultivando su universo y preparando el terreno para sellar un día las puertas de su cuarto dejándonos afuera.
La ventanilla entre abierta me permitió ver ese mundo al cual pertenezco, del cual soy arte y parte y en el que generalmente me sumerjo cuando no tengo el auto o no poseo ganas de conducir. La ventanilla abierta me permitió romper la barrera del mundo irreal del interior cómodo y caliente de la cabina del auto y sorber un trago de la realidad del hombre cotidiano que sale a diario a camuflarse con veredas y edificios haciendo que nadie lo vea, que nadie lo perciba, que nadie sepa que exista, aun si muere.
El hombre moderno va cargado de un morral imperceptible muchas veces, donde hace acopio por estatus de un sinfín de trabajosas piezas del arte de la tecnología, que aunque muestre ufano, no podrá comercializar, ni podrá con ellas hacer fuego si hace frío, o no podrá prepararlas para tener una comida que ingerir, pues están hechas de fastidiosos sueños, de pesadas frustraciones, de mundos irreales y de caminos delineados por otros que a nosotros, no nos llevan a ningún lado, ni nos aportan nada, más que el influjo para que consumamos, para que a través de la posesión evidenciemos ante los demás, nuestro poderío, nuestra grandeza…
Como humanidad hemos crecido con los siglos, cayendo y poniéndonos en pie hemos ganado espacios antes impensables, pero también hemos dejado partes importantes de nosotros en el intento por acceder a un escalón más arriba, más alto, más en concordancia con los actuales conceptos de “pueblo civilizado”.
De vez en cuando alguna persona, algún suceso sobresaliente hace que nos sacudamos la modorra y que prestemos especial atención a determinado hecho; un asesinato infame, un incendio que deja sin casa a una familia, una catástrofe, etc. Cosas que nos sacuden, que nos remueven y nos hacen poner en alerta y que sintamos que somos parte de una sociedad por demás vulnerable, una sociedad con falencias, una sociedad en apariencia sólida pero que se sostiene por los soportes morales, culturales y de valores individuales puestos al servicio del colectivo.
La comunidad tal cual la concebimos nos provee por el contrato social, o por lo menos debería, seguridad, salud, vivienda, educación, etc. pero a su vez nos pide a cambio, trabajo, compromisos, esfuerzos, aportes que no todos están dispuestos a dar dejando aflorar carencias, limitaciones, bajezas, mezquindades, egoísmos. Elementos estos que dejan al descubierto las flaquezas del sistema que debe necesariamente ser compensado con el redoblar del aporte de otros integrantes del grupo con mayor sentido de la responsabilidad que implica mantener el sistema en funcionamiento para el bien común.
La tranquilidad, el confort, la estabilidad, nos hace sentir invulnerables, poderosos, intocables; hasta el día en que hay corte de luz y no poseemos velas, o surge un conflicto en los expendedores de combustible y no podemos mover el auto, o lo que es peor aun, poseyendo dinero en el bolsillo, no encontramos que comprar porque no hay producción. En estas circunstancias tendremos que enfrentarnos a nosotros mismos, a nuestra calidad y cualidad como seres humanos y nos veremos obligados a recurrir a todas nuestras fuerzas interiores para no sucumbir, para no bestializarnos, para no perder la cordura.
Lo que he estado expresando de pronto es una hipótesis. ¿Una utopía?…No se, pero lo único que afirmo es que de vez en cuando debemos aminorar la marcha de nuestro automóvil, símbolo inequívoco de la individualidad, bajar las ventanillas y observar el paisaje que nos rodea; detrás de los vidrios empañados bulle un mundo que es nuestro, que nos pertenece y al que pertenecemos y que sin él, seguramente no seríamos nada y los gritos de auxilio de nuestra individualidad romperían el espacio clamando por la compañía y la asistencia del grupo que un día decidimos ignorar.
José Luis Rondán
Taller de Arte “La Guarida” del artista plástico José L. Rondán
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