JERUSALÉN – Por primera vez en décadas, las campanas de la Semana Santa resuenan en una ciudad prácticamente vacía y bajo un estado de sitio de facto. La Ciudad Vieja, corazón espiritual para millones de personas, se encuentra hoy fragmentada por restricciones severas y cierres indefinidos, consecuencia directa de la escalada de violencia tras el reciente conflicto directo con Irán.
Un silencio histórico en el Santo Sepulcro

La noticia que ha conmocionado a la comunidad cristiana global es el cierre indefinido de la Basílica del Santo Sepulcro. El lugar donde, según la tradición, ocurrió la crucifixión y resurrección de Jesús, mantiene sus pesadas puertas cerradas a cal y canto por motivos cuestionados de seguridad nacional.
Este cierre interrumpe las procesiones litúrgicas más importantes del año, dejando las calles del Vía Crucis —habitualmente desbordadas de peregrinos— en un silencio sepulcral, interrumpido únicamente por el paso de patrullas militares.
Restricciones en los lugares sagrados
La tensión no se limita al barrio cristiano. El complejo escenario de seguridad ha forzado a las autoridades a imponer medidas drásticas en otros puntos neurálgicos:
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Muro de los Lamentos: El acceso ha sido fuertemente limitado. Solo un número reducido de residentes locales puede acercarse a orar, bajo estrictos controles de identidad y cacheos físicos.

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Mezquita Al-Aqsa: El tercer lugar más sagrado del islam presenta un panorama similar. Las restricciones de edad y procedencia han reducido la afluencia a una fracción de lo habitual, transformando la Explanada de las Mezquitas en una zona de alta vigilancia.

Un clima de incertidumbre total
El despliegue de seguridad responde al temor de nuevos ataques o represalias tras el intercambio de hostilidades con Teherán. Los puestos de control militares se han multiplicado en cada puerta de la muralla antigua, convirtiendo la Ciudad Vieja en un laberinto de vallas y hormigón.

Para los miles de turistas y fieles que planeaban su visita este año, la Semana Santa de 2026 quedará marcada no por la devoción, sino por la geopolítica y el estruendo de un conflicto que parece no dar tregua a la paz religiosa.













