“Safaera” de Bad Bunny.-
Hubo un tiempo en que la música era el refugio de la métrica, la armonía y la elevación del espíritu. Hoy, ese altar ha sido profanado por un engendro sonoro que, bajo el alias de “Bad Bunny”, lidera una legión de oyentes que parecen haber renunciado voluntariamente al buen gusto. No estamos ante una evolución de los tiempos; estamos ante un descenso acelerado hacia la barbarie cultural.
La glorificación del analfabetismo
Resulta ofensivo para cualquier oído mínimamente educado que se llame “artista” a alguien que no solo canta con la dicción de quien padece un letargo eterno, sino que presume de una indigencia intelectual absoluta. Lo de este personaje no es estilo; es una incapacidad manifiesta de articular el lenguaje. Sus letras no son poesía urbana, son vómitos de rimas fáciles y ordinariez explícita que reducen la complejidad del deseo humano a la anatomía más básica y vulgar.
Que una generación celebre versos que hablan de “lamber” y “romper” como si fueran hitos literarios es la prueba irrefutable de que el sistema educativo ha fallado estrepitosamente.
El mercado del estiércol
Lo más sangrante de este fenómeno no es el personaje en sí —siempre han existido bufones en la corte—, sino el respaldo de instituciones como los Grammy. Que una academia que alguna vez honró la maestría técnica y la innovación hoy premie la mediocridad más rampante es una bofetada a los verdaderos compositores. Es la validación oficial de que el ruido vende más que la música y de que la industria ha decidido que el arte es un estorbo para el balance de ganancias.
Un mundo de plástico y ruido
Si el mundo premia este retroceso, es porque el mundo está enfermo de inmediatez y vacío. Mientras grandes talentos contemporáneos son relegados al ostracismo por no ser lo suficientemente “virales” o “chabacanos”, el público consume con avidez este producto prefabricado que no aporta nada más que una base rítmica para adormecer neuronas.
Llamemos a las cosas por su nombre: lo de Bad Bunny no es música, es un ruido de fondo para una sociedad que ha olvidado cómo pensar, cómo sentir y cómo hablar. Si este es el “progreso” del que nos hablan, que nos devuelvan el pasado, porque en el presente, el arte ha muerto de asfixia bajo el peso de la ordinariez.













