
Cada vez que una reja se abre y un preso político camina hacia el abrazo de su familia, Venezuela entera respira. No es un suspiro de gratitud hacia el opresor, sino el aliento acumulado de un pueblo que ve, en cada liberación a cuentagotas, la confirmación de que el muro de la tiranía finalmente se está agrietando.
La reciente liberación de figuras como Biagio Pilieri, Juan Pablo Guanipa, María Oropeza, Américo De Grazia y otros valientes ciudadanos que fueron secuestrados por el simple “delito” de pensar distinto, no debe confundirse con un acto de clemencia. Sería un error histórico atribuirle rasgos humanos a una cúpula que ha hecho de la crueldad su lenguaje cotidiano. Estas liberaciones son, en realidad, los espasmos de un sistema que se sabe cercado.
El chavismo, hoy desmantelado en su mística y fracturado en sus lealtades, ha entrado en una fase de supervivencia pura. Aquellos que se mostraron “valientes” cuando tenían el fusil y el mazo para oprimir a ciudadanos desarmados, hoy demuestran una cobardía proporcional a su antigua soberbia. Al entender que la resistencia ciega pone en riesgo sus propias cabezas, han comenzado a buscar salidas de emergencia, intentando distanciarse de un destino que parece sellado para Nicolás Maduro.
Es el eterno guion de las tiranías en decadencia: cuando el barco hace aguas, los verdugos cambian de amo con la misma rapidez con la que antes juraban lealtad eterna. No actúan por humanismo; actúan por el miedo visceral a pagar por sus crímenes.
Sin embargo, para el venezolano de a pie, lo que importa es la ilusión que se renueva. Cada retorno a casa de un perseguido político es un ladrillo menos en la estructura de la democracia secuestrada. Es la victoria del espíritu sobre el calabozo. La libertad no se negocia, se recupera; y lo que estamos presenciando es el desmoronamiento de un régimen que ya no puede sostener el peso de su propia infamia.
El final de los canallas está próximo. No porque ellos lo decidan, sino porque la realidad y la justicia son fuerzas que, tarde o temprano, terminan por desbordar a quienes pretendieron encadenar a una nación entera. Venezuela merece, por fin, vivir sin el peso de la bota en el cuello. Merece, simplemente, ser libre.












